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A punto de cenar en casa suena el teléfono. Es una noche tranquila con luna llena y cielo tapiado de estrellas. He vuelto del trabajo y comienzo a ponerme cómoda. El aroma de la cena me invita a correr a la mesa, pasta, queso, vegetales, vino, me ha dado más hambre. Finalmente contesto y escucho aquella tu voz que no escuchaba desde hacía tiempo. Me has sorprendido con tu llamada inesperada, con la cordialidad de tu acento y la galantería de tus palabras. Tienes talento para hacerme bien, para levantar mi ánimo y sobre todo alimentar mi ego. Me haces sentir realmente especial con cada cumplido. Me haces sentir única, deseada y en verdad pareces un hombre que me quiere. Me haces… sonreír un poco y sonrojarme, logran estremecerme los últimos recuerdos que pasé a tu lado, vienen a mi mente las siluetas de nuestros cuerpos en aquella noche romántica a la luz de las velas, tu aroma varonil y la calidez de tus abrazos. Vuelvo a sentir el mareo de tus besos, el vértigo de tus caricias y finalmente un soplo lejano, sútil pero muy helado… es tu desaparición, tu ausencia pues después te fuiste. Y aunque te extrañé demasiado y tardé en olvidarte, pasaron los días necesarios para desintoxicarme de ti. Y hoy, en esta noche en calma, de vientos amables y de estables emociones, te acuerdas al fin de mi e intentas reconquistarme diciéndome después de todo, que me necesitas de nuevo, que de verdad me has extrañado y que soy tan especial como vital en tus planes. Exiges un reencuentro urgido y necesitado. Hay desesperación en tus palabras cuando finalmente me dices que soy la mujer de tu vida, y que has llamado por eso, tan sólo, —para decirme que me amas—.

Sonrío conmovida y hasta cierto punto sorprendida, he temblado y me has turbado y tus palabras acumuladas me han arráncado un suspiro, pero ya me llaman a la mesa, mi esposo y mis dos hijos. Si, deseaba tu llamada, pero de eso pasaron ya, al menos unos 8 años, si hace cinco me buscaras seguro estaría contigo. Así que tan sólo el detalle agradezco, te invito a contemplar mi vida como un simple observador, buenas noches agrego y cortésmente te digo que sólo he contestado porque otra llamada esperaba y justo antes de colgar buena suerte te deseo.

handgunDespués de caminar por la noche, había tomado la desición y cobrado el valor determinante. Aquel hombre iba a quitarse la vida. Estaba cansado de existir, harto de la miseria, la frustración y la desesperanza. Que muchas tribulaciones había pasado, muchos dolores soportado, penas del alma, del corazón y del cuerpo que sería desgarrador enlistar. Así que se decidió matar. Caminaba por ahí con esta idea fija en la mente, con la convicción plenamente tomada, solamente faltaba el detalle del “como” y aunque realmente parezca ni relevancia tener, la tiene cuando se decide morir. Pero ya lo tenía, simplemente al circuito interior llegaría y arrollar se dejaría. En esto pensaba cuando se le presentó una curiosa oportunidad, una idea loca y curiosa —era una camioneta—.

Una camioneta blindada, de esas que recogen bolsas de dinero en negocios. Se encontraba estacionada frente a una aseguradora y dos uniformados le hacían guardia armada. Y le vino la idea cuando vio salir a una masculina uniformada de faldas y mallas cafés, cargando un par de bolsas oscuras y en una explosión de adrenalina y sin sentido, actuó rápido. Dado que su aspecto era tan inofensivo, nadie le prestó atención hasta que tomó por el cuello a esa guardiana mujer, mientras con sus dedos presionaba por la espalda como si con un arma letal le apuntara. Los otros dos escoltas giraron tardíamente cuando atestiguaron al fin la escena.

La tonta idea de nuestro hombre era la de jugar un poco con su desvalorada vida y con el caprichoso destino. Estos tipos le harían el favor de perforarlo como colador, dejarlo tirado en la acera de manera rápida y sin dolor, bañado en charcos de sangre, en una muerte segura. Los medios se sorprenderían cuando notaran a este lunático desconocido caído, sin una pistola de verdad y haciéndola con sus propios dedos ya tiesos por el rigor mortis. O quizás los guardias y la policía le sembrarían algún revólver, alguna escuadra para justificar los tiros. Pero esos detalles eran lo de menos, que lo importante era morir al cabo y de manera pronta.

Como cuatrero del oeste, como gángster de Capone, ya gritaba ordenándoles tirar las armas a riesgo de agujerear a la rehén en cuestión (de quien ya esperaba recibir alguna espectacular llave de judo para salvarse), pero de la que sorprendentemente no obtenía respuesta. A cambio de eso, su rehén le susurraba que recién había sido madre y que respetara su vida por el amor de dios. Uno de los otros escoltas parecía distinguir esto, e intimidado bajaba su arma, pero el otro con más sangre fría, se mantenía apuntándole a la cabeza con su escopeta. —Tírame ya— pensaba el improvisado ladrón, quien convincentemente quería morir, pero que instintivamente al intuir el tiro en la cabeza, ya retrocedía lentamente dándole la vuelta al frente de la camioneta y escudándose con la misma. El guardia de la sangre fría lo seguía con lentitud paciente como un cazador en serio duelo de nervios. La tensión estaba al límite.

Y fue entonces que un nuevo escolta apareció decidido como un héroe, irrumpiendo por la puertita de la cortina de la aseguradora, con su pistola en mano determinado a pegarle un tiro. El aventurero secuestrador veía ahora si su fin. Pero con tan mala suerte (o tan buena, como gusten verla) que el idiota guardia al salir y disparar, tropezó con el filo de la puerta cayendo ruidosamente de bruces disparándole al suelo y abriéndose la cabeza. Esto hizo estallar los nervios del tipo de la escopeta, quien arriesgando, atrevióse a disparar —con tan mala espina—, que le destrozó la cara a su compañera, tumbando a rehén y captor, a modo que éste quedó cubierto con el cadáver. Asustado, el suicida supuso su fin, cuando en su manoteo desesperado sintió algo… una pistola tirada en el piso, que sin dudarlo, empuñó al momento. Era el arma del guardia que se había caído y se había deslizado debajo de la camioneta. El del rifle sintiéndose ganador del duelo y avergonzado por haber  matado a su compañera, en su confusión, creyó ver morir a los dos y bajó la guardia un momento, que, aprovechado por el suicida, pareció revivir de entre los muertos y disparó una bala a la nariz del descuidado guardia. Sorprendido de su tino, el suicida se incorporó bañado en sangre y temblándole todo el cuerpo, cuando el segundo guardia ya levantaba su escopeta aún sorprendido de que aquel pistolero en apariencia abatido se incorporara de nuevo. Pero antes de disparar su cartucho, el guardia cayó con dos tiros, uno al brazo y otro al cuello, estrellándose contra el piso. Hasta el suicida se sorprendió de sus propios reflejos y proceder.

Y fue aquí, que se dió cuenta de lo que había sucedido. Había tres custodios muertos y uno con la cabeza abierta aturdido en el piso. Recordó que él no quería matar, él quería morir, él quería que lo mataran, pero su instinto de supervivencia se había activado automáticamente a defenderse. Él era un simple hombre deprimido resignado a la muerte, dispuesto a que le metieran un tiro para dejar de existir. El guardia del piso, más que desorientado intentaba ponerse en pie, cuando el supuesto agresor se le acercó para intentar explicarle la situación y poder ayudarle, para después entregarse mansamente a cualquier furia vengadora. Pero justo antes de hacerlo, escuchó una pesada bolsa caer al piso. Alguien más estaba dentro de la aseguradora, y así fue que una mano de mujer asomó hacia su cabeza tirándole una bala. Ocurrió tan rápido que él ni siquiera se movió. Esperaba ya caer en el acto, pero simplemente sintió un calor ardiente en la oreja que le hizo reaccionar hacia aquella que le atacaba soltándole un tiro y viéndola caer con las manos pegadas al vientre.

De pronto todo quedó en silencio, su oreja le sangraba, le quemaba. Su ropa estaba húmeda, mojada en sangre y un grupo de guardias agujereados a su alrededor. El custodio tropezado seguía en el piso, —al menos respiraba—, pero parecía resignado a la rendición, a que se tuviera compasión de él. Extrañado, el suicida tocaba su propio cuerpo esperando encontrarse algún agujero extra, pero sin descubrirse nada, sobresaltado y confundido, miró sus propias manos, olió la polvora en el ambiente y el sudor de su porpio cuerpo. Tiró avergonzado la pistola ahora sintiéndose criminal, y con remordimientos y mucha culpa en el alma se propuso subir al vehículo. Al descubrir las llaves, pensó en conducir a un lugar seguro y llevar al herido guardia a una clínica para luego tirarse desde el puente más próximo y morir al fin.

Encendió la máquina, dudó por un momento hacia dónde ir  y echando reversa escuchó un ruido extraño, un grito sofocado y una sacudida funesta. Lo apagó y bajó rápidamente. Descubrió que un último escolta venía dentro de la camioneta. Oculto había aguardado con su pistola en mano, pero al percibir andar el motor, creyó sentirse secuestrado con todo y el vehículo, intentando salir para huir de improviso, pero resultó arrollado por lo que protegía. Ya era tarde, estaba muerto. La portezuelita trasera quedaba abierta, y el ahora criminal pidió que “si había alguien más ahí dentro, saliera sin nada que temer”. Pero sólo hubo silencio como respuesta. Se deslizó al interior y fue entonces que se sintió como un explorador descubriendo un tesoro. Encontró sendas bolsas de dinero que aún no habían sido resguardadas ni puestas a salvo. Y entonces, mirando esos paquetes y esos otros bloques —como tabiques de billetes—, un sudor frío le recorrió el espinazo, una tentación gigante y aunque sentíase sobresaltado, estaba arrepentido, avergonzado y asustado, ¿Que más podía ya perder? Tomó los paquetes y las bolsas que pudo y se largó de ahí. No era un tipo ambicioso.

Y el hombre que quería matarse esa noche, el que buscó sólo contrariar un poco, quizás llamar por última vez la atención; aquel hombre, el que se convirtió por unos momentos en un feroz cuatrero, en un furioso pistolero y en un criminal de sangre fría; volvía a sentirse humano y con cierto valor en el mercado. Y ese hombre vive ahora en el Caribe, con un bonito yate, con una linda esposa y pasa las tardes caminando por la playa disfrutando felizmente de su familia. A veces debajo de su colchón saca un viejo diario que aún guarda con recelo. En la portada se puede ver a un cuerpo de seguridad abatido y en grandes letras dice “Feroz comando armado asalta vehículo de valores“. Luego lo vuelve a guardar y corre a jugar con sus hijos a la playa.

tomados-de-la-manoLucrecia y Rigoberto eran una pareja bonita, de esas que ves caminar aquí y allá tomados de la mano, de esas que se sientan en una banca de parque y disfrutan el atardecer. De esas pacientes que toleran los malos gustos del otro, de esas que hacen del silencio un delicioso postre para el espíritu. Pasaban los años y Lucrecia y Rigoberto seguían teniéndose el uno al otro. Se tenían el uno al otro y los años parecían no pasar, pero pasaban y ellos parecían querer seguir juntos. Curiosamente no se comprendían demasiado, extrañamente ni siquiera se gustaban del todo, es más ni siquiera se conocían por completo o se comparaban con alguien más y para ser honestos ni siquiera se amaban o se añoraban. Y es que la clave no estaba en un profundo amor de telenovela, sino en una cruda realidad de capricho divino. Su apego no se sostenía por sentimientos de corazón si no por falta de canales de expresión. Él no podía mirar su propia fealdad o quejarse de las opiniones de ella. Y ella no podía avergonzarse de su aspecto, ni disgustarse con aquellos labios que se movían siempre si, pero sin percibir un sonido.

Y es que en esta pareja Lucrecia era sordomuda y Rigoberto era ciego. Y era eso simplemente, que no tenían las armas que los facultaran para entenderse… pero tampoco encontraban motivo para desatenderse.

candadoClaro que me daba coraje, ¡Ostias! Eso de saberse a si mismo cerrajero y no encontrar la llave para abrir un cerrojo es pa’ cagarse en el mismo oficio. Ya lo sabéis, se supone que uno vino para algo a este mundo, a realizar una labor o a dedicarse de lleno a algo. A mi nunca se me dio algo así como muy intelectual, de libros, estudios y esas cosas, pero como sea uno acaba por encontrar o tropezar con su oficio y el mío era precisamente el de cerrajero. Y si, tarde o temprano un vecino, un pariente o cualquier tío acaba por necesitar del cerrajero, necesitarme a mi pues, coño, y ya lo sabéis, ahí voy yo con mi cajita de cachivaches a quitar candados a desbaratar puertas y ventanas. Y no es que yo haya soñado con ser cerrajero pero ya lo veis, uno acaba por resignarse y que mejor que tomarle gusto a las cosas que fastidiarse la puta vida para siempre, que de por si es fastidiosa que… bueno ya lo sabéis.

El punto, joder, y a lo que iba, es que uno se hace de su respeto con los clientes, con los vecinos y cuando llega algún fuereño diciendo “oyé que tú sabéis de un tío que me abra este candado”, el vecino o tío en cuestión acababa diciendo, “pero que por supuesto que si, dale dos vueltas a la derecha y encontráis al cerrajero Manolo, y Manolo como buen profesional te abre ese candado que traéis y 20 más como ese o 40 más grandes si tu quieres”. Y en 10 minutos ahí estoy yo abriendo los 20 o 46 candados que al tío se le haya ocurrido abrir. Que bueno con esto lo que quiero decir es que si queda duda alguna de que yo sea buen cerrajero, pues que ya no haya ni una, porque trato de deciros que si que soy bueno.

Pero así como uno se es bueno para algo, resulta que la puta vida acaba por desgraciarte ese orgullito chiquito guardándotelo por el culo. Y es cuando vos te cagas en el manto de la madre que te parió deseando haberte dedicado a fallar tiros de penal con el Aleti o con el puto Barça. Lo que te quiero contar es lo que sigue. Resulta que hace un tiempito pues yo, sintiéndome orgulloso de mi reciente y establecido negocio acabé en uno de esos servicios de reparar chapas y cerrojos a domicilio, que conocí a la tía más guapa de todo Mallorca y que no vive sino aquí a tan sólo 3 manzanas de mi establecimiento. Pues bien, que después de cambiarle las chapas de su clóset y de la puerta de su casa le hice un tanto la platica como para tratar de conocernos. Ella, gustosa pareció seguir el hilo de incoherencias y de mis chanzas, ¿pues creerás vos que aceptó salir conmigo? Tú sabes, una cita, eso arreglarse, afeitarse y salir al cinema pa’ ver la cinta esa del puto Almodóvar que esté en el momento. Y así le hicimos, ya sabes, viéndome yo todo un caballero, un dandy, llevándole flores, diciendo cosas lindas, y mirándola entre suspiros. Pues que a la tercera vez de hacer todo esto, ósea a la tercera cita, la tía esta se me había clavado en el corazón más fuerte que el pitón de un toro por el orto al matador. Y pues, para mi beneficio yo sentía gustarle a la mujer. Así pasaron días más cuando por fin me aventuré a decirle lo mucho que la quería, a contarle de una santa vez como mi corazón me rebotaba al pecho cada vez que me saludaba y como mis oídos no hacían más que extrañar su risa. Que me moría por besarla, que me moría por tenerla y que si ella no me aceptara a mi como su chico, pues que no iba a pasar otra cosa más que morirme, que la vida no valía ni puta peseta si ella no pensaba aunque sea la mitad de lo que yo pensaba en ella.

Y vamos, la señorita me escuchó todo; como que se lo pensó muy bien, me sonrió y me dijo: “Mira Manolo, que tu eres un buen tío, un tío guapo, un tío galante, un tío gracioso, pero aquí te digo por la verdad de mi madre que sólo te quiero como amigo”. Ahí quedé yo. Me morí. Bueno la verdad no me morí sino quien coño te estaría contando esto, pero sentí como la viva muerte me arrancaba de una dentellada las ganas de existir de un planchazo. Y desde entonces mi amigo, me dije, “Manolo, que si eres un hombre y que si eres cerrajero, haz de encontrar la puta combinación, haz de poner tu empeño y tu maestría para crear la llave que pueda abrir el cerrojo de este tomate de corazón que tiene esta tía, el corazón de mi chica , pues”. Y Aunque le dije que, “Coño, que yo te entiendo, no hay ningún problema, amigos pues” la pura verdad es que desde ese día puse mi astucia de cerrajero para encontrar la llave que abriera su delicadito cerrojito. Y así paciente, paciente; delicado, suave, sencillo, metiendo ganzúa con delicadeza, alambrito fino, fino, palanca, desarmador. Midiendo grosor, espesor, sopesando resistencia, material, probando con níquel, cobre, plomo, acero, aluminio y lo que la jodida madre te venga a la mente pasé años de mi vida tratando de encontrar la combinación correcta para abrirle el candado aquel que aquella mujer se había colgado al pecho para conmigo.

Hasta que un día, se mudó aquí cerquita un mecánico, de esos mugrosos que traen la jodida cara, la manos y hasta el culo lleno de grasa, ¡ah! Pero eso si, con su par de patillas más grande que el Bernabeu y un desgraciado copete como de proa de barco. ¿Pues no el muy cabrón comenzó a consecuentar a la que era mi amada? ¿Y la otra tía ahí estaba de imbécil con dos semanas que tenía apenas de conocerle? Pues que los he visto salir, en cita, como yo salía con ella. ¡Y es así que un hijo de puta mecánico de mierda ha encontrado la llave que yo llevo años en fabricar!

Pues amigo mío si soy un buen cerrajero y que vaya que lo soy, te diré una cosa, que si no tengo yo, ya la fortuna ahora perdida, de haber creado esa llave; esa llave para abrir el jodido candado del corazón de mi dama, que entonces cerrajero soy al fin y al cabo, y así como abro cosas también las cierro, y juro por mi madre y por esta copa de brandy que como cerrajero que soy, ¡también sé poner candados! ¡También sé poner cerrojos! ¡Y que a esta tía le voy a poner en el alma y en el corazón más remaches, más pasadores, más cerrojos, más cadenas y más candados de los que hayáis visto, que ni el tipo de las patillas, ni el santo de los cerrajeros y ni dios mismo le quitarán jamás!


PRIMERA PARTE

gay_festival-2007Abriste nuevamente los ojos después de cerrarlos con fuerza, para confirmar que lo que sucedía no era un sueño. Y en efecto, te encontrabas en aquella habitación a media luz temblando tímidamente. Jans estaba mirándote desnudo y atado desde la cama. Los últimos días habías anhelado algo parecido, pero en un contexto distinto. Todo parecía increíble, y cerrando los ojos una vez más rememoraste la situación del como habías llegado ahí.

Apenas por la mañana te encontrabas como era rutina, en tu oficina, frente a la computadora llenando formularios y fichas de compra. Escribiendo nombres, claves y desglosando datos fiscales. Tenías la ventana imprescindible del Messenger abierta, hablabas de bares, del caso policial del momento y de la última película que miraste en el cine. De pronto apareció él, Jans; en forma de un simpático “Hola!”  y carita con guiño a un costado.

Esto te hizo sonreír inmediatamente y ser el hombre más feliz del mundo. El día se convirtió en uno más soleado y de no ser por tu estancia en un cubículo hubieras saltado de alegría. Hacía unos días que habías tenido aquel pleito con Jans y como la mayoría de las discusiones había sido por algo tonto. Llevaban quizás un par de años en conocerse y te encantó verlo en aquella obra de teatro a la que acudiste, su papel era mediano, pero te gustó al instante luciendo como un catrín castellano en una adaptación moderna de La leyenda del beso, en dónde él era “Ramiro”, el mejor amigo del protagonista “Mario” quien se enamoraba de una misteriosa mujer.  Claro, era una obra sencilla de un colectivo apenas surgiente y no había problema en relacionarte con el elenco porque todos conocían a todos. Así se conocieron.

Pero por ahora lo urgente eran los hechos recientes, la última riña, la última separación. Y no es que fuera la primera pelea, ya habían tenido las necesarias, pero como siempre ocurre, la discusión más importante no es la más fuerte, sino la última que sucede… pero que, curiosamente es ésta la que siempre parece la más fuerte. Había ocurrido entonces, que aquella noche Jans y su obra cumplían 100 representaciones en cierto lugar y un director de renombre para él, iría a develar una placa, además un importante diario iba a cubrir la nota y habría todas esas cosas de flashes, fotos, vino y palmadas en la espalda de todos contra todos. Jans estaba emocionado y te pedía no faltar. Y como ocurre por esos caprichos del destino, como para agregar tensión al asunto, precisamente ese día tuviste clientes que atender y emergencias que cubrir, estar hombro a hombro con el jefe y enmendar sus estupideces y las malas decisiones. A pesar de que mantenías al tanto a Jans llamándolo intermitentemente y con mensajitos a la menor oportunidad, aquel como era de esperarse, se te enojó y decepcionado te dejó hacer “lo que la chingada gana se te diera”, o al menso así fue como te lo dijo. Para aderezar el problema, llovió, el tráfico se tornó horrible y cuando por fin llegaste al lugar, fue solamente para alcanzar una copa de vino y la más completa de las indiferencia. A pesar de que intentaste hablar con él no te dio la oportunidad y saliste de ahí en disgusto. Desde entonces no te había vuelto a buscar y a pesar de tus llamadas, tus mensajes, tus recados y tus saludos, te habían mandado realmente a la chingada. Por fortuna y al parecer hasta esa mañana en la que el Messenger te alegraba el día.

Comenzaron entonces los saludos tibios, aquellos que sirven de introducción para suavizar las cosas —como has estado, que tal el trabajo, el día soleado– y cosas por el estilo. Cuando por fin te animaste a decir una vez más que “lo sentías” e intentabas justificarte nuevamente, él pareció no darle importancia y continuó con su charla inerte, a la que tú decidiste seguir y darle de verdad ínfima importancia —lo mejor de verdad, era olvidar el asunto y comenzar de nuevo— pensaste. Le preguntaste entonces por las últimas representaciones, sus últimas actuaciones y las novedades de una mentada gira. Él respondió a cada pregunta con naturalidad, al parecer sin sorpresas de peso y en un par de minutos te ponías al corriente de su vida. A continuación notaste que era él quién pedía la palabra y cambiar el tema, y sutilmente fue haciéndolo, hablando de lo extraño que se estaba poniendo el ambiente con sus compañeros, la tensión que sentía últimamente tras bambalinas y las dudas con respecto a su carrera. Después de todo, parecía que las cosas no marchaba en orden, pero para tu alegría, mencionó que te extrañaba mucho y que en realidad necesitaba verte. Te iluminó leer aquello en el monitor y correspondiendo el gesto, te mostraste doblemente cariñoso con él y derrochaste en pantalla todo aquello que sentías durante la semana a causa de su ausencia. Y era verdad, lo extrañabas, lo anhelabas y deseabas desesperadamente estar a su lado. Jans, para tu fortuna, estaba más que dispuesto a verte y con un cambio notable en el ánimo de su escritura te sugirió pasar la noche juntos en su departamento bajo los efectos de un delicado vino. Estabas encantado y aunque pasaste cerca de dos horas mimándolo por el Messenger, llegó el momento de desconectarse quedando deacuerdo para su encuentro nocturno. Aún así, descocado, le escribiste un par de mensajitos por teléfono durante la tarde para mantenerlo entusiasmado; aunque con el efecto ambigüo de entusiasmarte a ti mismo simplemente con leer sus respuestas. Ya en la noche y camino a su casa conducías satisfecho de ir preparado con botanas y bebidas; y para aumentar la ilusión, tomaste el CD que te había regalado alguna vez, con el supuesto soundtrack de la obra en que participaba y suspirando con La leyenda del beso conducías ilusionado por pertenecer a aquel majestuoso mito.


estrella02azulOcurrió que un día apareció una nueva estrella en el firmamento. Pero fue hasta que anocheció que una niña pudo verla. Después su hermano, luego sus padres, sus vecinos, un país, dos países, el mundo entero. A todos les maravillaba ver a esa gran estrella brillante ofrecer amigables guiños a los terrícolas. Unía parejas, suspiraba enamorados, tomaba juramento a los decididos, carburaba sueños en los imaginarios. Era una buena estrella.

Pero sucedió un día que a alguien se le ocurrió describirla. Pero fue hasta que anocheció que ese alguien se atrevió a compartir su descripción. Y entonces cayeron en cuenta. Para todos era una estrella muy brillante, muy guapa, coqueta, amigable y de noble titileo. Pero lo extraño era que las personas diferían en su percepción del color. Para algunos era azul y para otros verde. Un padre la veía amarilla, la esposa roja, la hija violeta y el abuelo naranja. Y no es que la estrella cambiara de color, pues a nadie le parecía que eso ocurriera, su color era el mismo siempre, pero no ha todos les parecía igual en matiz.

Los científicos se pusieron nerviosos por no encontrar una explicación a dicho fenómeno. Los expertos no podían ni querían aceptar que una estrella apareciera en el cielo así como así, de la noche a la mañana, (o mejor dicho de la mañana a la noche); robándole la belleza a todo el firmamento y a la obesa preciosa luna, y que sobre todo, esa estrellita embustera, se presentara con mil diferentes caras coloridas.

Un buen día todos los científicos se reunieron. Pero fue hasta la noche que dieron su veredicto. Dijeron que habían tratado de buscar la explicación del variado colorido inútilmente. Al no lograrlo, divagaron sin acuerdo para ponerle nombre. Algunos querían llamarla en clave como EGF-2347Y, otros como algún personaje griego quizás Dafnis (o Cloe), algunos más el de un animalito simpático como Koala menor, alguien con espíritu de poeta (y cursi ánimo) propuso diamante celeste. Pero nadie pudo concretar unanimidad. Finalmente anunciaron que lo más sano y seguro sería optar por ignorarla, pues sería más fácil aceptar su no existencia, desconocerla y evitar así cualquier conflicto por contradicción o desacuerdo.

Así es que si miran al cielo y ven a una estrella hermosa, que sobresale de entre las demás, con rayos brillantes, de humor alegre y tierna expresión, removiendo sentimientos en su corazón, sea del color que les parezca, no le hagan caso —porque simplemente esa estrella no existe—.

doriannWilliam la acompañó a la salida de su edificio llevándola hasta el coche que le había pedido minutos antes. Era una noche fría llena de estrellas. Alice estaba ansiosa y extasiada.

—William mi amor, no quisiera separarme de ti. Aún no me marcho y ya comienzo a extrañarte. De verdad ansío que todo salga bien, mis padres estarán aquí mañana, ya lo sabes. Les he hablado tanto de ti, están ansiosos por conocerte, así que tratemos de darles la mejor impresión posible y estoy segura que aprobarán sin problemas nuestro matrimonio. Mañana pedirás mi mano, y en mes y medio seremos marido y mujer, ¡Apenas puedo creerlo!— exclamaba risueña Alice mientras se agazapaba en los brazos de William.

—Así es corazón, ya pronto estaremos juntos y te aseguro que ningún detalle faltará, ya tengo todo arreglado para mañana, el vino, las flores, los obsequios y un precioso y antiguo anillo familiar. He cuidado tanto mis palabras que tus padres quedarán maravillados, así que no guardes recelo o preocupación alguna, la noche será inolvidable y en breve iremos a vivir a Amsterdan donde mis padres me han cedido una pequeña villa, estarán encantados contigo, ¡ya lo verás!—

Se despidieron con un entregado abrazo, y un apasionado beso que tuvo que contener él; pues un caballero debe respetar a una dama, aún cuando estos están apunto de enlazarse en matrimonio. El cochero esperaba paciente, y aunque fue testigo de la singular despedida, fingió indiferencia bajo su sombrero de copa.

—¡Hasta mañana amor mío— dijo ella, —¡Hasta mañana querida!— le contestó, mientras la veía perderse entre la bruma de la nocturna metrópoli.

William permaneció en su pórtico ante la calle semivacía, mirando su propio edificio que estaba a punto de abandonar. Tenía en el desván su maleta echa, su equipaje preparado y partiría por la mañana para no volver jamás. De entre las sombras cercanas, alguien le salió al paso mientras le aplaudía secamente.

—¡Bravo William! ¡Lo has hecho de maravilla!— exclamaba Lord Henry. Era un tipo de aspecto aseado, fino bigote y complexión elegante. —Ahora mismo firmaré la recomendación para integrarte en la compañía Lear, vaya que si urgen con presteza actores como tú. Como comprenderás no cualquiera puede llegar a ser un gran actor, pero tu tienes madera, tienes esa seguridad y ese egoísmo para brillar como los grandes. El teatro necesita de tipos como tú.

William apenas le miraba, en sus pupilas titilaban las estrellas, Lord Henry lo percibió, —¿Qué te pasa?— ya lo veo— repuso, —¿Te preocupa esa chica verdad?— William asintió, —No te preocupes— exclamó Henry. En un par de meses estará como nueva, las mujeres de hoy día así son, te convencen de ser el amor de su vida un día, y al siguiente, es el perfumista más próximo quien ocupa ese lugar. Te lo digo yo, tres divorcios, amigo. Toma— mientras le extendía la misiva firmada recomendándolo para una importante puesta en escena en Boston, que le aseguraría una brillante carrera.

—Anda— continuó Henry W. —La chica ni se imagina que mañana estarás en América, y no en el hall de su casa esperando ser pedida. Si lo piensas William, ella tiene la culpa, eso de enamorarse en un par de meses perdidamente por un hombre que apenas y conoce si que es estúpido, pero piensa en esto William. Si lo hizo, si te ha jurado amor eterno, si ha confiado sus secretos, su corazón y su futuro a tu persona; es gracias a tu habilidad como actor, a tus capacidades, tu naturalidad y a tu brillantez histriónica. ¡Eres fabuloso actor William! y esta prueba que pone la compañía de teatro Lear para consolidar tu talentos es genial. Mira que mandar a sus estudiantes de drama a salir por las calles de Windsor a conquistar señoritas para corroborar y consolidar los dotes artísticos de sus actores es una gran idea. William, hoy dejas este humilde terruño, mañana te espera la fama en el nuevo mundo. Y esta señorita y sus sentimientos, créeme será lo último en lo que pienses.

William tomó la recomendación suspirando, despidió a Lord Henry en la puerta con un apretón de manos, y a continuación volvió a observar el firmamento, buscando entre las estrellas una que comenzara a brillar como su futura carrera.


angel-electrico2Diablillo jugaba con Querubín y Cupido a errar por el mundo de los humanos. Diablillo, menos conservador que los dos hermanos, les presumía los avances tecnológicos de la humanidad. Los llevó a conocer máquinas y electrónicos, pero lo que más llamó la atención de los angelitos fue la electricidad. Así que Diablillo comenzó con la presunción.

—Miren chicos— les mostraba, —este es un cepillo de dientes eléctrico, pruébenlo, hace cosquillas con sus “vi-bra-cio-nes” y Querubín reía con espuma en la boca. —Esta cosa de aquí— les dijo, es una rasuradora eléctrica, con ella podremos rasurarnos cuando seamos mayores y de un ademán rápido cortó un cairelito de Cupido. Después de eso les mostró un sin fin de artilugios novedosos. Jugaron en la escalera eléctrica, cocinaron en el horno eléctrico, sincronizaron ritmos en bombillas eléctricas y rockearon un poco con la guitarra eléctrica.

Al día siguiente Satanás leía su diario como todas las mañanas, —Vaya, sismo en Haití, no es que se nos haya pasado la mano, es que haya arriba alguien no está haciendo su  trabajo como debería— pensaba, cuando vio salir discretamente a su hijo Diablillo, a quien atajó. —¡Hey tú diablillo!—, —¿A dónde crees que llevas esas cosas?— le preguntó. —Ohhh papá, simplemente voy a prestárselas a Querubín y Cúpido, tú sabes lo que puede pasar, será divertido— respondió Diablillo. Su padre lo miró con benevolencia y luego asintiendo dijo —Bien, no importa lo que les pase a ellos, pero eso si, regresas esa silla y esa sierra eléctricas a su lugar cuando termines—. Y fue así que Diablillo se alejó a la carrera feliz para encontrarse con sus amiguitos, mientras Satanás, su padre, pasaba el brazo por encima del hombro de su mujer y sonreía —¡Oh Lilith, nuestro muchacho está creciendo!—.

sherrie__s_cofee_break_by_k_a_d_lComenzó una noche cuando volví muerta del trabajo. Caí en la cama como un fardo después de revisar mil facturas. Y la negrura de mi sueño fue tomando forma, la niebla se fue disipando y distinguí sobre aquellas montañas violeta un amanecer de luz naranja. Yo usaba un vestido lindo, amplio con coqueto delantal y medias con brillantes. Jugaba con un perrito salchicha color azul que tenía dos cabezas y carecía de cola. Había pájaros de matices brillantes y las moscas eran de chocolate delicioso y crujiente. Las avestruces usaban zapatos de charol y los unicornios diamantes multicolores en sus cuernos. Finalmente la esfera con la que jugaba lanzándola al perrito, cayó a los pies de Él.

Él tenía el cabello rizado y una sonrisa bonita, muy simpática. Además tenía cejas muy marcadas y ojos muy profundos como dos pozitos de petróleo. Él tenía algunos rombos rosas en su chaleco grisáceo que hacía juego con las manchas sucias de sus mejillas sin afeitar. Él tenía pantalones de muchas bolsitas y de cada una sacaba dulces, caramelos, anillos y catarinas que ponía en la palma de mi mano. Él tenía un moño brillante al cuello, que en realidad era una mariposa, una que era muy elegante, quien a su vez usaba moño. Él tenía brazos velluditos que se erizaban cuando me tocaba y cuando lo acariciaba, revoloteaban luciérnagas en sus ojos y sus labios se humedecían.

Y así cada noche después del trabajo, cuando me iba a la cama, comenzaba aquel sueño; el maravilloso sueño de ese mundo mío en donde yo era feliz con Él, quien me cuidaba, quien me abrazaba, quien me besaba y me cortaba mandarinas de terciopelo para comer. Yo me sentía muy feliz.

Pero sucedió que un día, cuando hacíamos figuritas con las nubes mientras bebíamos lluvia, salió detrás de la luna un hada con figurita de princesa. Le preguntó por una calle mientras seductora le sonreía. Él estúpidamente la guió y le hizo una caravana cuando se despidieron. Yo no quise darle importancia al hecho, pero desde ese día Él actuó muy extraño. Ahora cuando duermo y comienzo a soñar ahí está ella, mostrando sus piernas sin recato, soltando aromas frugales con su pelo, refrescándolo con sus alas y contoneándose entre suspiros. Y él no deja de seguirla, de mirarla, la columpia con el arcoiris, le unta caracoles en la espalda, le cocina piñas con salchicha y le cuenta historias de oficina para que la “hadita” se asuste y se aferre al tórax de Él. Yo sólo he estado abandonada, en mi mundo, en mi sueño, hundida, ahora si en mi soledad real y ficticia.

Pero anoche ya no lo soporté más. Ella, -la desgraciada- le dejó un recado estrellado detrás de la luna para escapar juntos a lo más profundo de la galaxia de algodón. Antes de despertarme, Él me inventó una historia idiota sobre visitar a la cacatúa de su madre. Me dijo, entre caricias que me haría el amor para despedirse por unas cuantas noches nada más. Así que aquí estoy, en esta terminal de autobuses. Salí de trabajar y corrí para acá. Estoy haciendo tiempo, ¿Qué se cree Él, imbécil? ¿Que correré a mi cama para dormir y permitirle engañarme entre sus peludas piernas mientras piensa en largarse con aquella?. No señor, no soy tan idiota, Él imbécil y la zorra con alas no se burlarán de mi. Pienso quedarme despierta aquí toda la noche y todas las que sean necesarias para no darles su oportunidad. Así que mientras tanto, enciendo un cigarrillo y le pido a la camarera que me sirva una taza de café más.

vintage-valentine-love-amor-tarjeta-popup-09Quise verme original y no regalarte globos, flores ni chocolates. Quise verme modesto y no darte un viaje, ositos Tous o joyería. Quise verme clásico pero no acudiendo a mariachis, cenas, ni mucho menos hotelazos. Así que se me ocurrió darte una tarjeta, pero ninguna de Snoopy, Garfield o Cowco, sino una tarjeta forjada con mis propias manos. Así que elegí un papel vistoso, de llamativa textura, unos pegotes curiosos y entre cortes, dobleces y suajes fabriqué una linda tarjeta, misma que engalané con un encantador dibujo y un bonito pensamiento, de esos que le salen a uno cuando se piensa enamorado por siempre.

¡Vaya que te sorprendiste cuando la viste!

Debiste ver tu cara de verdadera sorpresa y de profunda decepción cuando calculaste económicamente los corrientes 20 pesos que invertí en la tarjeta. Por suerte antes de destruirla (y con ello mis sueños de amor contigo) alcanzaste a ver al reverso el brillo de la dorada tarjeta de crédito ilimitado que sería de tu absoluto control. Un saltito de alegría, una lagrimita en tu maquillado ojo, con un efusivo abrazo y un apasionado beso, consolidó el éxito de mi cautivador obsequio.

Ya lo he dicho siempre, que dar una bonita tarjeta con el corazón, enamora a cualquiera.