Volvía de la universidad. Mochila a la espalda como un carapacho, librito de Edmundo Valadés en las manos y yo, muy metido leyendo sus cuentos. Había sido una de esas extrañas ocasiones en las que de verdad sales a las 10 de la noche de la FES Acatlán y yo ya estaba en la estanción Guerrero de la línea B del metro. Éste al fin apareció y abordándolo me senté en uno de esos asientos individuales. Era un vagón apenas habitado por un puñadito de personas. Anduvimos algunas estaciones, quizás 2 o 3, cuando de reojo noté una figurita en el pasillo que me había pasado inadvertida. Era apenas una silueta chueca que de pie se acercaba muy lentamente, tan que en mi paciencia, todavía me di el lujo de terminar de leer mi página para prestarle atención.
Y así la vi: era una vieja arrugada, encorvada, muy canosa, vestida de negro, con la cabeza ligeramente cubierta, los tobillos enfundados en toscas calcetas, envuelta en un chal roído. Que de por si, daba escalofríos ver su aspecto y su torpe caminar, fue más horroroso verle la cara con los ojos bien abiertos, unas pupilas de punto y una risita que desbordaba locura. Medio boquiabierto miré a mi vecino de enfrente, quien impresionado tampoco podía quitarle los ojos de encima a aquello que bien parecía una bruja que se había manifestado frente a nosotros. Aquella anciana, (me niego a considerarla con algún afectivo como “abuelita”) siguió dando sus pasitos de bebé mounstruo y de pronto, su mirada perdida se concentró en algo… o alguien. Había escogido a su víctima y para su infortunio era a mi asustado vecino gordito de enfrente.
La bruja, como si fuera posible, acentuó más su sonrisa y buscando entre los harapos de su chal ¡sacó un par de agujas de tejer que nos parecieron gigantescas! y recobrando fuerzas ajenas de juventud se abalanzó sobre mi vecino dispuesto a picarlo como si fuera una res. El gordito aterrorizado y con cachete vibrante, en una heroíca maniobra se deslizó como globito con agua por debajo del brazo de la hechicera, huyendo por el pasillo. Yo, sorprendido por la reacción del gordito y lo funesto de la aparición, me quedé clavado en mi sitio, sentado con el libro abierto, cuando vi como la tenebrosa anciana se giraba a punto de verme como su próxima vícitma. Ya me hacía perforado por sus agujas cerrando solamente mis ojitos; cuando el resto de los sorprendidos pasajeros descubrieron a la bruja de las agujas e irrumpieron en singular estámpida hacia el extremo contrario del vagón. Esto irritó o excitó sus animos hechiceros, por lo que se lanzó a por ellos. Cuando esperábamos atestiguar a la primer víctima, de pronto se hizo la luz. El metro arribó a la iluminada estación San Lázaro y cuando las puertas se abrieron la anciana desapareció escurriéndose como una mancha de tinta china por el andén. Subieron quizás un par de pasajeros extrañados que nos miraban como si unos locos fueramos nosotros. Todos parapadeamos quizás unas 5 veces y fue cuando alguien bajó una palanca de seguridad. El policía no tardó en aparecer y aunque varios balbuseaban y señalaban hacia el andén en la dirección de la anciana, denunciando su aspecto, su locura y sus diabólicas agujas, el policía apenas atento quizás por el sueño, por estúpidez honesta o por considerar nuestro relato absurdo o quizás hasta conocido, se limitó a echar llave y bajar la palanca. Así que sencillamente reanudamos nuestro recorrido, tomando nuestros lugares originales, excepto mi vecino gordito quién curiosamente ya no volvió a aparecer más. Quién sabe que fue de él. Extrañados y en silencio fingimos tranquilidad y me dispuse en apariencia, a seguir leyendo mi página 66… pero con los ojos nada puestos en la lectura.
Yo tenía 9 años y mi mejor amigo Pancho 10. Éramos vecinos y nos aburríamos ese fin de semana. Teníamos 2 vecinitos quienes eran más pequeños que nosotros e inocentes jugaban en un rincón del patio. De pronto se me ocurrió una idea y codeando a mi amigo Pancho se la conté enseguida. Entre los juguetes de los niños había una calabacita de esas para pedir calaverita. Con cara de seriedad interrumpimos a los niños y yo, tomando la calabacita y frotándola como
En mi familia evitamos decir algunas frases como, “si no que me parta un rayo”, “mal rayo te parta”, “voy como de rayo”, o simplemente “¡rayos!” (aunque a mi se me escapa mucho) y esto es por los siguientes motivos. El padre de mi abuelita (mi bisabuelo) murió abatido por un rayo, hombre de campo cuidaba a su ganado cuando aquel (el rayo, no el ganado) le cayó encima fulminándolo de inmediato. Muchos años después mi abuelo Lauro subió al piso superior a cerrar las ventanas ante la inminente tormenta cuando un rayo lo derribó arrojándolo hacia el exterior provocándole la muerte (quiero creer que fue otro y no el mismo rayo asesino). Hasta ahora quedamos mi papá y yo íntegros, aunque hace años mientras buscaba resguardarse de la lluvia a campo abierto, un rayo cayó a algunos metros de él poniéndolo a temblar. No sabemos si es el plomo en los pulmones, el hierro en la sangre, las amalgamas de las muelas (porque no llegamos a anillos ni alhajas) o simplemente una muy mala suerte, pero algo allá arriba parece que no nos quiere.