Este es el fin. Mi amigo… es el final
18 Jun 2009
Pues bien hemos llegado nuevamente (e inesperadamente) al final de Learland versión blog. Como todo ciclo este ya se cumplió y tiene que cerrarse. La existencia de los ciclos suele ser contundente y lamentable, pero también en ocasiones parece ser necesaria y también porque no, todo un alivio.
Durante todo este tiempo de blog han pasado muchas cosas, como es lo común, buenas y malas, emocionante y aburridas, felices y decepcionantes; y es curioso mirar hacia atrás y ver como van cambiando, mutando o manteniéndose los distintos comentarios y “posts” que habitan en el blog. Muchas cosas fueron expuestas a corazón abierto, otras se han quedado en el tintero y quizás habrá mejor ocasión para que en algún momento vean la luz (así de pronto por ejemplo los invito a ver un par de películas: Los Caifanes y El Maquinista, buenísimas).
Para que quede más claro: Sí, este es el último comentario y ya no habrá más. Hay diversas razones por las que he decidido que así sea y sería muy tedioso enumerarlas. Ojalá aquellos que hacían una visita a Learland de vez en cuando hayan disfrutado de su estancia y les haya agradado alguna curiosidad. Agradezco sus visitas, sus “leídas” y sobre todo sus comentarios, que los ha habido de todos, los de apertura, los de clausura, los alentadores, los desalentadores, a favor y en contra y todos ellos tienen su valor, porque expresan un respetable punto de vista. Agradezco de verdad todo comentario.
Sobre todo agradezco a mis tres alegres y desdichados compadres que evitaban que este blog se viniera abajo y pasaban de vez en cuando a darle un a”barridita” al changarro, gracias Falex, Yippie y Rob, por acompañar a un servidor en su ridículo viaje personal.
Antes de despedirme simplemente quiero hacerles una sugerencia (pues “consejo” suena demasiado pretencioso). Exprésense. Exprésense de cualquier manera, de la forma que ustedes prefieran, ya sea hablando, tocando, apapachando, escribiendo, dibujando, diseñando, cantando, llamando, actuando, platicando, pintando, trabajando, como sea; escriban correos, cartas, dibujen monitos, usen msn, blogs, mails, o toquen guitarras y baterías, no lo sé. El punto es que expresen cualquier inquietud, la compartan, se llevaran sorpresas de todo tipo, pero eso si, serán de harto valor eterno.
Así que adiós. Si es que llegan a pasar aún por este viejo terruño (en lo que se desactiva) y buena suerte en su pasar de largo. No me resta más que amenazarlos inocentemente: Este es el final sí, pero es sólo un final de temporada. Supongo que nos estaremos encontrando en cualquier forma, si no es en blog quizá sea en persona, porque no.
Así que amigos, buena suerte y hasta luego. This is the end.
Te levantas temprano como a diario, repitiendo lo que haces cada día. Tomas tu precario desayuno, le das un beso a tu mujer y sales al trabajo con tu formal disfraz de empleado. Escapas entre empujones del metro y aún sin comenzar a trabajar ya te sientes exhausto. Magnéticamente te atrae ansioso el puesto de periódicos y te aferras a sus encabezados con desesperación. Buscas entre los textos tu nombre y entre las fotos tu cara. Atropellados, baleados, asaltados, descabezados, ahogados, golpeados, incendiados, ahorcados, machacados. Todos fallecidos, ejecutados, muertos.
En mi familia evitamos decir algunas frases como, “si no que me parta un rayo”, “mal rayo te parta”, “voy como de rayo”, o simplemente “¡rayos!” (aunque a mi se me escapa mucho) y esto es por los siguientes motivos. El padre de mi abuelita (mi bisabuelo) murió abatido por un rayo, hombre de campo cuidaba a su ganado cuando aquel (el rayo, no el ganado) le cayó encima fulminándolo de inmediato. Muchos años después mi abuelo Lauro subió al piso superior a cerrar las ventanas ante la inminente tormenta cuando un rayo lo derribó arrojándolo hacia el exterior provocándole la muerte (quiero creer que fue otro y no el mismo rayo asesino). Hasta ahora quedamos mi papá y yo íntegros, aunque hace años mientras buscaba resguardarse de la lluvia a campo abierto, un rayo cayó a algunos metros de él poniéndolo a temblar. No sabemos si es el plomo en los pulmones, el hierro en la sangre, las amalgamas de las muelas (porque no llegamos a anillos ni alhajas) o simplemente una muy mala suerte, pero algo allá arriba parece que no nos quiere.