Archive for Noviembre, 2009

viejoUstedes saben lo que dicen “un clásico que no te debes perder”, y esta vez tienen razón. Una historia épica con la que muchos nos identificaremos, en donde un anciano cazador de peces (pescador, le llaman) lleva una racha negativa y desafiando la edad, su suerte y a la misma naturaleza, se hace a la mar para luchar con todo aquello que se ponga en su contra. Un relato justo, con los personajes y hechos necesarios, natural, fluido sin ninguna exageración y a la vez cautivador. Que si a alguien se le nota el oficio al escribir sin adornos sobrados de esos que levantan bostezos, es a su autor Ernest Hemingway. Además la misma historia es una parábola de la dura vida, y del rey de los deportes, el béisbol y el gran Joe DiMaggio (contradiciendo a aquellos que piensan que los listos odian los deportes). Con esta obra hecha para la revista Life, este fulano ganó el Pulitzer, el Nobel y de pilón el Oscar con una película en 1999.

Para los que se queden con ganas de más y sobre todo con apetito de referencias gráficas (que llegan a necesitarse sin duda, a menos que seas pescador) ahí están tres películas basadas en este libro la primera viejita de 1958, la segunda de 1990 con Anthony Quiin como el old man, y seguramente la más fiel y bella ¡hecha en animación al óleo! ¡impresionante! por Aleksander Petrov en 1999.

signosVolvía  a casa en autobús. Afuera anochecía con frío y comenzaba a llover. El pasillo se iluminaba débilmente por una luz junto a la entrada y en el ambiente había  silencio y un sopor embriagante.

     Me quedé dormida.

     Cuando desperté, el camión estaba totalmente oscuro, somnolienta percibía una cálida quietud  y una reposada oscuridad que me invitaban a seguir durmiendo. Bostezando exploré mi entorno y noté que todos los pasajeros dormían en el máximo de los silencios. Mi compañero de viaje en perdido sueño, bamboleaba su cabeza con la barbilla pegada al pecho y en el salto de un ligero y suave bache salpicó mi mano con un líquido que brotaba de su cara.

     Bajo un débil resplandor lunar, identifiqué aquella mancha en mi mano como la de su propia sangre.

     Asustada tomé mi bolso huyendo hacia la puerta trasera. Bocas abiertas, manos crispadas, ojos semiabiertos y caras sangrantes en fugaz vistazo alcancé a ver. Anuncié mi bajada tanto como pude en un pitido escandaloso con mi pulgar pegado al timbre y con un intenso y constante chillido que tarde me di cuenta, no anunciaba mi descenso, sino mi deceso. Era el paro de mis funciones vitales.

      La muerte que de chofer llevaba, solamente pisó el acelerador a fondo.

090204_supermarket_savingsTuve un sueño muy extraño. En él me veía de pronto dentro de un gran supermercado. Me encontraba en medio de un pasillo desconcertado y con las manos bien puestas sobre un carrito de compras vacío. En mi sueño no recordaba como había llegado ahí, ni por cual camino, ni con que fin. Simplemente me encontraba en medio del gran supermercado.

El lugar estaba atestado, la gente iba y venía en todas direcciones, se tropezaban o se encontraban, se empujaban o hablaban, recogían o sopesaban , había actividad, ruido y ajetreo. Esa gente tomaba productos, los evaluaba, los comparaba o simplemente los arrojaban a sus carritos, algunos atiborrados otros semivacíos. Había consumidores voraces, dudosos, pacientes o muy directos. Había ancianitas, madres, familias, niños o jóvenes parejas, era en si un hervidero impresionante. A la vez y en mi torpe caminar, alguien me sonreía, si no es que me agredía y en la mayoría de las veces simplemente me ignoraban como un producto más. De pronto un empleado me tomaba del brazo y me guiaba a un estante convenciéndome de cierta necesidad, de repente otro me convencía de lo opuesto cambiando el producto que tenía en las manos. Cuando lo notaba, una checadora reacomodaba lo que llevaba en mi carrito que volvía a lucir vacío y rato después, dos demostradoras bellísimas lo rellenaban de nuevo.

A veces me encontraba haciendo fila para algo, de pronto ahogado en un pasillo invadido por mil gentes, por mil voces de micrófono; un segundo después estaba en un pasillo de aterciopelados cojines en completa soledad o en manos de agradable y dulce compañía. Al instante me sentía curioso, dispuesto a probar todo; al siguiente, huraño y amargado, descalificando, huyendo o aislándome voluntariamente.

El caso es que como fuera, algo crecía dentro de mi, y ese algo era una angustia.

Ir de un pasillo a otro era desesperante, pero sobre todo era, que me abrumaba mi propia confusión personal, el ver todo y no ver nada, tener todo y querer nada, desear todo y poseer nada. Era esa amnesia, la de no saber nada, ni de manera cercana, el porque yo estaba ahí; en realidad no sabía lo que buscaba, si una prenda, un disco, una película, un videojuego, un juguete, alimentos, embutidos, panes, cereales, lácteos, herramientas, frutas, bebidas, licores, verduras, carnes, dulces, abarrotes, jarciería, calzado, perfumes o infinitas cremas, faciales, antiarrugas, de afeitar, de vaca o para los zapatos.

Temblaba, me mortificaba y sudaba copiosamente, me angustiaba el tiempo, la hora, mi situación, las filas y la incertidumbre. No sabía a que había ido, ni que necesitaba, no sabía como pagaría ni cuanto debería. Ya corría y las piernas se me quebraban, mi garganta se atragantaba, mi vista ya se nublaba, y el miedo en abrumadoras oleadas atravesaba mi corazón. Que el horror era, que ni siquiera sabía si quería estar ahí, si debía estar ahí, o se trataba de un mero accidente al fin. Cuando el fragor, la muchedumbre, los metales, las luces, los colores, el barullo, alcanzaron su punto más álgido y vertiginoso, desperté a punto del colapso.

Entre escalofríos y con el corazón aliviado afortunado suspiré. Era una bendición mirarme despierto, saberme en mi cama, entre sábanas tibias a salvo de aquel enjambre de sensaciones. Pero aquella paz duró poco, miserables segundos apenas, pues al notar el sol por mis ventanas, el comienzo del día naciente, las manecillas en punto, el tic tac apremiante y mi lista de objetivos, vino a mi la repetición infinita de mi rutina agobiante, el amanecer de la obligación continua, y con ello la conciencia completa del deber impuesto por mi cotidiana vida, con las dudas eternas y mi destino incierto, me di cuenta que la ansiedad del supermercado apenas a comenzar volvía.

yo-calaco-copiaAlgo me trajo de vuelta a la vida. Abro de golpe nuevamente mis desorbitados ojos, y me doy cuenta que la oscuridad me envuelve. Muevo la mandíbula y aún percibo el roce y rechinar de mis dientes, mi lengua está desecha y alcanzo a escupir un puñado de gusanos. Estaba muerto y me estoy pudriendo, pero algo me trajo a la vida nuevamente. No siento dolor y sin embargo puedo percibir con mis sentidos cualquier estímulo como si estuviera vivo. Sin inconveniente viene a mi olfato el hedor de la podredumbre, a mi gusto el de la pus mezclada con la tierra y siento mis pies enfundados en lo que han de ser unos bonitos mocasines.

      Hasta mi aguzado oído llegan rechinidos, lamentos, arañazos y caigo en la cuenta de que no soy el único que volvió a la vida. El panteón entero se está levantando, otros sujetos como yo están saliendo de sus tumbas a la superficie y por los gritos de mujeres y hombres de allá arriba, ya muchos ciudadanos huyen despavoridos y otros tantos perecen entre brazos descarnados de muertos vivientes a causa de mordiscos en el cuello, en la nuca y en la cara. Y es que… no se porque pero yo siento un vivo deseo de hacerles lo mismo.

     De todas mis sensaciones reactivadas la más viva es esa, la de un hambre voraz, un hambre infinita de morder piel, comer carne, nervios, beber sangre y sobre todo la de engullir aceitosamente los espesos sesos de aquellos seres vivos, no se porque pero placenteramente anhelo tragar la viscosidad de sus cabezas, mientras me baño batiéndome en sus vísceras. ¡Quiero cerebros! ¡Estoy hambriento!

     Una mueca intenta formarse en mi carcomida y desecha cara, una mueca de ansiedad y gozo, un gesto maldito de risa diabólica que me estremece nada más de imaginarlo y me llena de placer… así que intento erguirme para seguir a los demás, a los míos y ¡juntos devorar al mundo en está noche de muertos mal vivientes!

     Pero entonces me doy cuenta de que me cuesta trabajo incorporarme, trato de arañar mi féretro y escarbar la tierra… pero noto algo…  ¡¡no tengo brazos!! ¡Mis brazos! ¡No están! Desfalleciente vienen a mi los últimos momentos de mi vida fisiológica y recuerdo entonces que perdí ambos brazos en el accidente laboral al estallar las calderas que ocasionaron mi muerte. ¡Con mil demonios! Me retuerzo en mi ataúd inútilmente como un gran gusano destinado a permanecer en mi lugar mientras el resto de cadáveres sale a las calles a divertirse devorando niños inocentes y bellas señoritas, ¡me lleva la chingada!

     Pero no me sorprende mi vida siempre me mantuvo al margen de cualquier regocijo y ahora veo que en la muerte no podía ser diferente.

     Así que resignado, dejo de luchar, me acomodo de ladito con dificultad y cierro los ojos nuevamente mientras vuelvo a morir, después de todo me ahorro la vergüenza de que mi familia me vea por ahí tan sucio y desaliñado comiendo sesos ajenos.

 

20060616163117-raton-1Llevo un par de semana sin dormir. Tengo un par de ojeras negras que parecen tragarse mis ojos, mis parpados están hinchados y mi rostro se ha hundido y pegado al cráneo… y todo eso porque como les dije, llevo dos semanas sin dormir.

     Y es que exactamente hace dos semanas cometí un grave error: Maté al ratón de mi casa. No deseaba hacerlo realmente, pero el muy idiota llevaba meses metiendo la pata. Permití que trozara los cables del estereo, toleré que durmiera entre mis suéteres y no estallé al encontrar sus heces en la fruta. Pero mi paciencia se derramó cuando por fin Miryam aceptó pasar la noche conmigo y a ese ratón idiota se le ocurrió hacer su rondín nocturno escurriéndose entre sus piernas aterrorizándola de muerte y haciéndola huir de aquí para siempre. Eso había sido todo. Al día siguiente compré el veneno más letal y el miserable ratón apareció muerto y tieso a los dos días.

     Creí inmediatamente saborear mi venganza al tirar su cadáver a la basura… pero no fue así, el gusto me duró poco. Desde entonces no he podido conciliar el sueño, y no es como ustedes creen por algún remordimiento emocional o por expiar culpas de asesino. La verdad, la única verdad es que lo extraño, y no es tampoco sentimentalismo o que extrañe sus estupideces de animal de las que ya me tenía harto; si no que era precisamente él quien le daba una justificación a los pequeños detalles.

     Me explico. Yo sabía por decir algo, que aquel suéter que mordisqueo ni siquiera me gustaba (y que esperaba el menor pretexto para tirarlo) o que no importaba que cayeran migajas al suelo, él las desaparecía, y cosas así… pero sin duda lo más importante y lo que me tiene en el insomnio es que él era quien provocaba todo tipo de ruidos. Durante el silencio del trabajo y sobre todo por la noche, podía escuchar todo tipo de crujidos y respirar aun así tranquilo porque se trataba de él y yo lo sabía. Pero ahora, que no está, que él está muerto y yo en la soledad de mi habitación, los sonidos continúan y no se a que adjudicarlos. Despierto cada 5 minutos sintiendo que un fantasma o peor aún, un bandido, han entrado a la casa y están a punto de hacerme daño frente  a mi cama. Me he levantado infinidad de veces con un bat en las manos derribando el perchero o alguna lámpara, o con el corazón desbordado y rezando como poseído invocando santos al por mayor. Y eso, se repite cada noche. No he sabido que hacer… creo que me voy a volver loco, extraño al estúpido ratón.

     Así que hoy lo he resuelto todo, vengo feliz de la tienda de mascotas. He comprado un ratoncito casero e inmediatamente al entrar lo solté en medio de la sala. Lo vi correr a ocultarse debajo de los sillones husmeando y royendo aquí y allá. Es así que por fin apago la luz con calma, me tiendo en la cama cual largo soy y cierro los ojos al fin con placer, pues ahora se que todo ruido, crujido o rechinido que se presente será provocado ni más ni menos que por el ratón de la casa. 

plantillas-ni_os-abrazados-007Fabián había visto por accidente en un programa de T.V. un conjunto de reportajes sobre psicología infantil. Todo ello había provocado alboroto y confusión en su mente tierna, pero el que más mella causó fue el programa referente a la “imaginación”. Fabián se sobresaltó al descubrir que había niños que podían tener “amigos imaginarios”. Inventarles vida, nombre y personalidad le parecía un absurdo y sobre todo una cosa digna de locos y fantasmas.Durante días vivió atormentado y por las noches apenas y podía dormir. Sin conciliar el sueño sentía que el “amigo imaginario” de alguien podía espiarlo en su recámara, sentarse junto a su pupitre o estar en el baño al mismo tiempo que él.

Hasta que un día en la escuela, durante el recreo; agoviado por sus pensamientos, se apartó del grupo de niños hacia un rincón del patio, junto con su mejor amigo Adrián, quien desconcertado se dejó llevar hasta ahí. Adrián escuchó con paciencia y curiosidad las angustias por las que había pasado Fabián en los últimos días, quien relataba con todo detalle la irracionalidad de la imaginación y lo macabro de la existencia de “amigos imaginarios”, convenciendo a Adrián de lo aberrante que dicho acto significaba.

 Finalmente Fabián obligó a su amigo Adrián a jurarle solemnemente y con su vida que jamás se atrevería, como el mejor amigo que era, a crear ni darle vida a esos horribles “amigos imaginarios”. Adrián con resignación, mirada triste y actitud melancólica obedeció absolutamente en todo, y aceptándo el hecho, dio media vuelta e indiferente corrió a unirse con el resto de los niños.

 Fabián inmóvil y mudo, alcanzó a ver con terrible angustia, como él mismo comenzaba a desaparecer.

ticketLa convocatoria era clara.

Si querías un boleto para entrar al exclusivo concierto del gran rockstar tenías que asesinar a alguien y llevar su cabeza cercenada hasta el centro de canje ubicado a las afueras del colosal estadio.

La convocatoria fue un éxito.

200,000 fanáticos abarrotaron las taquillas del estadio cargando 200,000 cabezas humanas decapitadas aún chorreando de sangre, sin importar, sexo, edad, ni raza, dispuestas a cambiar cada cabeza por un boleto del show.

El concierto se canceló.

No por las mojigatas quejas moralistas, sino porque se descubrió que el distraído fan número 66 600 llevaba para canjear por su ticket la cabeza del gran rockstar.


renoSe informa que Rodolfo el reno se ha contagiado de influenza A H1N1 y se encuentra según dicen, en estado crítico y delicado. EL problema es que este reno siempre parece estar crítico y delicado por lo que no se sabe con certeza si empeora o sana. Se critica a Santa Claus por aprovechar el efecto mediático de la situación en sus declaraciones, —vacunas para los niños buenos, influenza para los malos, jo jo jo— concluye.  

sheepPésimo invento los sueños. Confié en su fama ilimitada y carente de fronteras para suplantar mi desgraciada realidad: la de tu rechazo hacia mi. Y es justo en mis sueños que antes de la caricia, apenas antes del beso o del éxtasis del sexo, de mi ser y del tuyo; aparecen tu padre, mi madre, tu esposo o un crío y esfuman toda emoción, abortando la sensación.

Por eso ahora no sueño nada.

 Si acaso me sueño con escopeta al hombro, para batir cualquier oveja extraviada que intente abordar mis sueños.