CUENTO: UN HOMBRE MUY PREVISOR / POR LEAR
15 Ene 2010

Jacinto se encontraba curtiendo pieles como lo había hecho durante toda su miserable vida. No pensaba en nada realmente, ni planeaba nada. No había añoranzas, ni sueños o deseos. Simplemente curtía, salaba pieles, las remojaba en cal, y las labraba despojándolas del pelo. Tal y como lo había hecho siempre y de la misma forma en que lo haría por el resto de sus días.
No aspiraba a nada, pues no podía hacerlo. Era imposible pensar en tierras, en pertenencias, en posesiones, en viajes, en vacaciones, en comodidades, vaya, que aquellos conceptos e ideas ni siquiera le eran concebibles o imaginables. De pronto pensó en algo al fin. En su mujer embarazada y en el hijo que en breve tendría. En el hijo que a temprana edad ya debía aprender las mismas tareas que él ya hacía, y le enseñaría también a no desear, a no pretender, a no añorar nada, a no extrañar ni conocer quizás, una vida mejor.
De igual manera que la anterior le surgió algo más, como una chispita, que iba creciendo, que se inflamaba hasta llegarle a las sienes y hacerlo sudar. El pecho por su parte parecía estallar de un momento a otro, y la barriga la sentía hecha nudo. Y es que era simplemente que se trataba de una angustia.
Era la angustia del círculo sin fin, de la repetición eterna más allá de la muerte heredada por su propio hijo y por el hijo de su hijo hasta el fin de los tiempos. Entonces sintió rabia hacia sus tiranos patrones y envidia de sus vidas, asco de sus modales y odio hacia sus maltratos y abusos. Ellos no hacían nada y lo tenían todo, ellos eran más altos, fuertes, listos y bellos. Él y su familia eran enfermizos, feos, débiles e ignorantes, jamás habían tenido oportunidad de aspirar a algo digno. Y su hijo pronto tendría que hacerse a la idea de olvidar cualquier aspiración de vivir mejor.
De pronto un ruido lo sacó de sus pensamientos, una vocecita inocente que altanera, le preguntaba lo que hacía. Era el rubio hijo del patrón, el primogénito, quien infantil curioseaba entre los negocios de su padre. Jacinto reconoció en aquel rostro el naciente relevo al mando, al heredero del negocio y al próximo patrón de todo lo que podía ver. Pero vio incluso más allá. En su visión aquel niño era un adulto que repetía los vicios de su padre; pero sobre todo, ejercía su dominio avasallador sobre el hijo que Jacinto ya tendría pronto y sintió que su hijo no le pertenecía siquiera, sino que era una posesión material o animal del rubio chiquillo aquel.
Después de embriagarse de estas ideas y nublar su mente con la angustia del futuro, del horrible y esclavizante porvenir que le deparaba a su hijo, algo explotó en su interior en confusas marejadas violentas y en atronadores espasmos físicos. Cuando el extraño ataque pareció disminuir tenía entre sus manos el cuerpo sin vida del hijo del patrón, lo había asfixiado, le había matado.
Sentado y confundido, simplemente esperó su suerte resignado cuando vio venir a lo lejos al capataz en compañía del patrón, quienes ajenos a todo esto parecían hacer los cálculos de siempre. Él ya se sabía muerto después de todo, pero sintió un extraño alivio cuando pensó en su propio hijo. Quizás lo que había hecho fuera atinado, quizás si a su padre se le hubiera ocurrido hacer lo mismo hace años, él no estaría ahí sentado. Se sintió entonces satisfecho de si, por ser un hombre al fin. Uno muy digno, un hombre muy previsor.
Leave a reply