CUENTO: 30 VELAS / POR LEAR
04 Feb 2010
Una cumpleañera había planeado su propia fiesta de cumpleaños. Inocentemente consideraba que su 30 aniversario resultaba importante, así que se dispuso a organizar un enorme festejo. Procuró que este fuera notable, lleno de invitados y con derroche de excesos. Invitó desde su vieja amiguita de la infancia hasta a sus últimos amigos y contactos del Facebook. Fue así que la reunión, podría decirse, resultó todo un éxito, pues un buen número de amistades se dieron cita para celebrarle.
Después de los rigurosos saludos, los abrazos, y la entrega de algunos discretos regalos; un personaje cursi, de quien no importa el nombre, anunció la llegada del pastel y las mañanitas con Pedro Infante comenzaron a sonar. Un bonito pastel de aspecto empalagoso chisporroteaba 30 velas y la cumpleañera se sintió muy querida por todos lo presentes.
Cuando terminaron de entonar “…la luna ya se ¡meeeetió!” detonó una lluvia de aplausos y conminaron a la festejada a apagar las velitas. Ésta, hinchó su pecho orgulloso, pero justo antes de exhalar el aire, oscuramente alguien aún más ridícula la interrumpió incitándola a pedir un deseo antes de apagar cualquier vela. Así que la cumpleañera de esta historia se tomó unos segundos para reflexionar sobre lo que deseaba con detenimiento. Mientras lo hacía, su mente sondeaba honesta sobre sus verdaderos sentimientos, y su mirada extraviada se perdió entre las sonrisas de los invitados… y entonces empezó a concentrarse en los rostros, en los gestos y en las arrugas de aquellos que la rodeaban; en las patas de gallo, en las papadas, en las barrigas y en las amplias frentes y calvas de sus amigos. Miró a su alrededor y no vio más que a bebés lloriqueando, parejas enfadadas, estorbosas pañaleras, brazos fofos, maquillajes grotescos, botox anunciando con pompa su presencia, ropa ridícula de vestir, y todo eso la llevo a pensar en canas, estrías, celulitis, várices, anteojos, bastones, sillas de ruedas, cáncer de mama, deficiencias renales, reumatismos, impotencia sexual, menopausia, calvas, bisoñés, tintes, dentaduras postizas, pañales para adulto, afecciones cardiacas, catéteres, diálisis, asilos… y finalmente en testamentos, fosas, criptas, ataúdes, panteones, funerales, lápidas y epitafios. Todo esto mientras su vista se perdía a lo lejos, ante la imagen de un altar ridículo con su propia foto deslavada a la luz de patéticas velas.
Una mano en su hombro la arrancó de sus pensamientos, devolviéndola al presente, ahí, justo enfrente de su pastel, a la luz de las 30 velas. Y sonrió torpemente sabiendo complacida el atinado deseo que formularía. Supo perfectamente lo que quería, aquello que la haría feliz y entonces deseó con todo anhelo, con pleno convencimiento que “no quería hacerse vieja”. Deseó no perder el pelo, no echar barriga, no embarazarse ni volverse madre, no casarse, ni llenarse de deudas, no encanecer, envejecer, enfermarse y pudrirse lentamente. Deseó con todas sus fuerzas no cumplir los 30 que festejaba y permanecer para siempre entre los dulces 20. Así que entusiasmada se acercó al pastel y sopló y sopló apagando con enjundia las 30 velas, formalizando así su ambicioso deseo. Feliz con su sabiduría y con aquel soñado e inteligente deseo, ya se incorporaba, cuando sintió que una, dos, tres, cuatro manos, le empujaban la cara hacia al pastel al grito de “¡mordidaaaaaa!”.
Vino una lluvia de aplausos, de flashes, fotografías con cámara y celulares, porras y risas locas, que buscaban mofarse de la tonta imagen batida de la festejada, pero eso no sucedió, pues ella se quedó inmóvil con la cara clavada dentro de su pastel.
La cumpleañera había muerto de un infarto.
Ella jamás se levantó y jamás alcanzó a cumplir los treinta años, pues la hora tardía en la que había nacido aún no la cruzaba. Hubo caras largas y unas pocas lágrimas, pero la reunión aquella sirvió al menos para dar continuidad al velorio.
Hoy en día aún paso frente a su lápida recordando esta historia, y si ustedes también lo hacen verán con sus propios ojos, que se puede leer claramente (creo yo que para regocijo de la cumpleañera), “Aquí yace fulanita, quien murió a la edad de 29 años.”
Me parece que su deseo ha sido plenamente concedido.
Para mi generación con todo mi amor.
Lear
4 Responses
2010 Feb 04
Ahh muy buena historia. Oye.. ¿y tu que vas a pedir al soplar las velitas? jiji
2010 Feb 04
Ja, gracias estamos en el año de los “tas”, tampoco quiero hacerme viejosa pero sin duda las canas ya comenzaron a llegar.
Lindo cuento Lear, espero vernos mañana
2010 Feb 05
Pues sinceramente no lo sé, seguramente alguna ñoñez de siempre como salud, amor, o dinero. Quizás sea mejor pedir algo simple, algo terrenal, no lo sé un balón de fut por ejemplo, ¿que daño podría causar?
2010 Feb 05
Lo bueno de envejecer es que nadie se escapa y que todos los amigos lo hacemos en forma coordinada y masiva. Supongo que seguiré riéndome aunque arrugado esté! Y que nos queda! a reirnos aunque chimuelos quedemos y a celebrar un poco mientras haya tiempo!