Paul McCartney volvió a México y dejó claro que está vivo y que no es William Campbell. Aunque se nota un Paul ligeramente disminuido (naturalmente) está que echa humo y cumplió a la perfección nada más con… ¡Tres horas de show! Es un tipo completo, un showman que se lució, mimando al público, hablando con él, jugueteando y organizando coros, aclarando dedicaciones, vanagloriándose de su popularidad, sacando la clásica bandera mexicana ¡y trotando con ella!, tiempo se dio para improvisarnos una canción Shine the lights in Mexico al percatarse del juego de luces que el público sincronizaba y ¡hasta chistes en español; todo esto claro, el extra valioso del espectáculo, pero en lo artístico arrolló, ¡un show de casi 40 canciones!, 2 encores, sin respiro entre rolas, saltando entre el bajo, la guitarra, el piano, la mandolina y hasta el ukulele (¡es en serio!) y la característica voz del Beatle afinado. Para redondear, escenario con proyecciones diferentes por rola, pantallas gigantes de calidad y el audio impecable, ¡ah! y juegos pirotécnicos de pilón para Live and let die.
McCartney consintió a todos, sacó las cartas grandes de su discografía solista Let me roll it, Nineteen hundred and eighty five, Dance Tonight, Sing the changes (maravillosa), Mrs. Vanderbilt (¡mi favorita!) y Live and let die (personalmente extrañé Freedom, Hope deliverence y This one). Y para todos aquellos (la mayoría) que esperabamos escuchar “Beatle’s hits” el Sir se discutió varias All my loving, Two of us (en la que casi escuché a Lennon haciendo segunda) Eleonor Rigby (impresionante), Helter Skelter (¡loca loca!), Yesterday y las siempre aclamadas ñoñas Letit be y Hey Jude que sonaba gigantesca con los coros mexicas. Como cereza, Paul robó a sus excompañeros Beatles un trío de rolas que casi le roban la noche, se aventó Something de Harrison (el momento más emotivo quizás de la velada), A day in the Life (que demostró la ausente singularidad vocal de Lennon) y Give Peace a Chance… sencillamente fabuloso.
Fue un espectáculo completo, lo esperaba especial, pero fue más impresionante en vivo de lo que dictaban mis expectativas, lo pondría en mi top 3 de conciertos favoritos, y ya encarrerado me atrevo a decir como el mejor que he presenciado. Larga vida a Sir Paul McCartney.
Paté de Fuá ha vuelto. Banda méxicoargentina vuelve como se le conoce cargada de bohemia, nostalgia y ese clásico romanticismo de caballeros. Aquí está la pequeña orquesta otra vez haciendo gala instrumental y el galante Yayo González arrullándonos con su voz cuando deciden ponerle letra a su melancolía. Este disco defiende su ya conocido estilo, instrumentos de cuerdas, trompetitas con su pizca de teclas y marimba, una mezcla simpática de tangos, vals, trova, jazz y balada con su estilo setentero. Paté de Fuá es un excelente reposo melódico entre tanta confusión y artificialismo de la escena musical reinante. ¿Qué a veces abusan y choca su charleston de años 20? es cierto, de pronto les entra lo “cultural”, pero ellos son así y por eso se distinguen. Un disco agradable, quizás muy largo con sus 16 tracks, pero Paté de Fuá no compone de relleno, es simplemente que se clavan en la función que nos ofrecen tendiendo algunos puentes musicales. Las sobresalientes: El fantasma enamorado, un bonito cuento macabro; El tren de la alegría, nos hace suspirar, ¿Quien no ha escuchado aquello de “ya se le va el tren”? además, ponen nuestra imaginación a trabajar con Los enanos negros de Praga y Ojos Brujos para embrujar a cualquiera. ¡Buen disco, que para redondear es barato! ¡Honestidad de pies a cabeza!
¿Qué el mes de mayo ya se termina? No importa, si aún lo quieren, encontrarán en su puesto de periódicos favorito el más reciente número de Playboy y ahí dentro, ésta participación de un servidor para ilustrar un interesante debate sobre Ernest Hemingway y su cuento “El gato bajo la lluvia”. Ah! ¡Qué buen cuento!
Volvía de la universidad. Mochila a la espalda como un carapacho, librito de Edmundo Valadés en las manos y yo, muy metido leyendo sus cuentos. Había sido una de esas extrañas ocasiones en las que de verdad sales a las 10 de la noche de la FES Acatlán y yo ya estaba en la estanción Guerrero de la línea B del metro. Éste al fin apareció y abordándolo me senté en uno de esos asientos individuales. Era un vagón apenas habitado por un puñadito de personas. Anduvimos algunas estaciones, quizás 2 o 3, cuando de reojo noté una figurita en el pasillo que me había pasado inadvertida. Era apenas una silueta chueca que de pie se acercaba muy lentamente, tan que en mi paciencia, todavía me di el lujo de terminar de leer mi página para prestarle atención.
Y así la vi: era una vieja arrugada, encorvada, muy canosa, vestida de negro, con la cabeza ligeramente cubierta, los tobillos enfundados en toscas calcetas, envuelta en un chal roído. Que de por si, daba escalofríos ver su aspecto y su torpe caminar, fue más horroroso verle la cara con los ojos bien abiertos, unas pupilas de punto y una risita que desbordaba locura. Medio boquiabierto miré a mi vecino de enfrente, quien impresionado tampoco podía quitarle los ojos de encima a aquello que bien parecía una bruja que se había manifestado frente a nosotros. Aquella anciana, (me niego a considerarla con algún afectivo como “abuelita”) siguió dando sus pasitos de bebé mounstruo y de pronto, su mirada perdida se concentró en algo… o alguien. Había escogido a su víctima y para su infortunio era a mi asustado vecino gordito de enfrente.
La bruja, como si fuera posible, acentuó más su sonrisa y buscando entre los harapos de su chal ¡sacó un par de agujas de tejer que nos parecieron gigantescas! y recobrando fuerzas ajenas de juventud se abalanzó sobre mi vecino dispuesto a picarlo como si fuera una res. El gordito aterrorizado y con cachete vibrante, en una heroíca maniobra se deslizó como globito con agua por debajo del brazo de la hechicera, huyendo por el pasillo. Yo, sorprendido por la reacción del gordito y lo funesto de la aparición, me quedé clavado en mi sitio, sentado con el libro abierto, cuando vi como la tenebrosa anciana se giraba a punto de verme como su próxima vícitma. Ya me hacía perforado por sus agujas cerrando solamente mis ojitos; cuando el resto de los sorprendidos pasajeros descubrieron a la bruja de las agujas e irrumpieron en singular estámpida hacia el extremo contrario del vagón. Esto irritó o excitó sus animos hechiceros, por lo que se lanzó a por ellos. Cuando esperábamos atestiguar a la primer víctima, de pronto se hizo la luz. El metro arribó a la iluminada estación San Lázaro y cuando las puertas se abrieron la anciana desapareció escurriéndose como una mancha de tinta china por el andén. Subieron quizás un par de pasajeros extrañados que nos miraban como si unos locos fueramos nosotros. Todos parapadeamos quizás unas 5 veces y fue cuando alguien bajó una palanca de seguridad. El policía no tardó en aparecer y aunque varios balbuseaban y señalaban hacia el andén en la dirección de la anciana, denunciando su aspecto, su locura y sus diabólicas agujas, el policía apenas atento quizás por el sueño, por estúpidez honesta o por considerar nuestro relato absurdo o quizás hasta conocido, se limitó a echar llave y bajar la palanca. Así que sencillamente reanudamos nuestro recorrido, tomando nuestros lugares originales, excepto mi vecino gordito quién curiosamente ya no volvió a aparecer más. Quién sabe que fue de él. Extrañados y en silencio fingimos tranquilidad y me dispuse en apariencia, a seguir leyendo mi página 66… pero con los ojos nada puestos en la lectura.
Pedro Piedra es un chileno con ese aspecto y actitud boba, de esas que te caen bien… o muy mal. Y su disco debut es muy semejante, un tanto bobo que puede parecer inocentemente simpático… o ingenuamente tonto. El tipo tiene talento, se echa al hombro las letras, las composiciones y la musicalización instrumental y tiene el don de poder crear ritmos pegajosos y hacer con cierta facilidad esos hits que suenan una y otra vez en la radio. A veces, por el contrario puede sonar hasta fastidioso y pueril (como una rolita de Barney) y contrastar con una buena letra a una bastante torpe. ¡Pero que diablos! su “pegajosidad” se impone y a fin de cuentas conforma uno de esos álbumes disfrutables que vas tarareando hasta que te vas a dormir. Las buenas del álbum: la cándida Yo no quiero, las contagiosas Inteligencia dormida y Las niñas quieren y Ayayayay nominada a la mejor canción original del cine chileno al ser el tema de la película “La nana”, te hará decir ¡Ayayayay!
Está película no intenta hacer una denuncia del mundo homosexual. Tan sólo es una historia de un segmento que no es representativo del todo.
Con esta advertencia empieza Cruising película de 1980 protagonizada por un joven Al Pacino quien interpreta a un policía de New York con ansias de destacar en la corporación por lo que se arriesga a penetrar en el mundo sadomasoquista del leather homosexual en la búsqueda de un asesino psicópata quién suele masacrar al amante de ocasión.
Cruising es el término que se usa para describir los encuentros homosexuales de ocasión que se pueden tener en lugares públicos y por otra parte también significa patrullar, mejor título no pudo haber tenido esta cinta. Una película que a todo director le gustaría dirigir por las posibilidades en puerta y más contando con un actor de primera. Esta película de 1980 levantó ámpula en su momento, algunos la usaron para señalar y satanizar a cualquier gay vecino y otros, lucharon rabiosamente contra ella, “ofendidos” por la temática de la cinta. Y no se trata simplemente de un guión oportunista para simplemente atraer taquilla por el morbo del asunto, la película retrata muy bien aquel “rudo” sector del agresivo machismo gay, sus curiosidades estrafalarias y el arsenal de sus juguetitos sexuales. También es una gran cinta de suspenso, exponiendo encrucijadas detectivescas, corrupción policiaca, tabúes sociales, presiones psicológicas y alteraciones emocionales, matizando claramente que aunque se pueda ser heterosexual u homosexual la conducta finalmente la dicta el individuo y sus valores. Una buena película hasta el final.
Después de caminar por la noche, había tomado la desición y cobrado el valor determinante. Aquel hombre iba a quitarse la vida. Estaba cansado de existir, harto de la miseria, la frustración y la desesperanza. Que muchas tribulaciones había pasado, muchos dolores soportado, penas del alma, del corazón y del cuerpo que sería desgarrador enlistar. Así que se decidió matar. Caminaba por ahí con esta idea fija en la mente, con la convicción plenamente tomada, solamente faltaba el detalle del “como” y aunque realmente parezca ni relevancia tener, la tiene cuando se decide morir. Pero ya lo tenía, simplemente al circuito interior llegaría y arrollar se dejaría. En esto pensaba cuando se le presentó una curiosa oportunidad, una idea loca y curiosa —era una camioneta—.
Una camioneta blindada, de esas que recogen bolsas de dinero en negocios. Se encontraba estacionada frente a una aseguradora y dos uniformados le hacían guardia armada. Y le vino la idea cuando vio salir a una masculina uniformada de faldas y mallas cafés, cargando un par de bolsas oscuras y en una explosión de adrenalina y sin sentido, actuó rápido. Dado que su aspecto era tan inofensivo, nadie le prestó atención hasta que tomó por el cuello a esa guardiana mujer, mientras con sus dedos presionaba por la espalda como si con un arma letal le apuntara. Los otros dos escoltas giraron tardíamente cuando atestiguaron al fin la escena.
La tonta idea de nuestro hombre era la de jugar un poco con su desvalorada vida y con el caprichoso destino. Estos tipos le harían el favor de perforarlo como colador, dejarlo tirado en la acera de manera rápida y sin dolor, bañado en charcos de sangre, en una muerte segura. Los medios se sorprenderían cuando notaran a este lunático desconocido caído, sin una pistola de verdad y haciéndola con sus propios dedos ya tiesos por el rigor mortis. O quizás los guardias y la policía le sembrarían algún revólver, alguna escuadra para justificar los tiros. Pero esos detalles eran lo de menos, que lo importante era morir al cabo y de manera pronta.
Como cuatrero del oeste, como gángster de Capone, ya gritaba ordenándoles tirar las armas a riesgo de agujerear a la rehén en cuestión (de quien ya esperaba recibir alguna espectacular llave de judo para salvarse), pero de la que sorprendentemente no obtenía respuesta. A cambio de eso, su rehén le susurraba que recién había sido madre y que respetara su vida por el amor de dios. Uno de los otros escoltas parecía distinguir esto, e intimidado bajaba su arma, pero el otro con más sangre fría, se mantenía apuntándole a la cabeza con su escopeta. —Tírame ya— pensaba el improvisado ladrón, quien convincentemente quería morir, pero que instintivamente al intuir el tiro en la cabeza, ya retrocedía lentamente dándole la vuelta al frente de la camioneta y escudándose con la misma. El guardia de la sangre fría lo seguía con lentitud paciente como un cazador en serio duelo de nervios. La tensión estaba al límite.
Y fue entonces que un nuevo escolta apareció decidido como un héroe, irrumpiendo por la puertita de la cortina de la aseguradora, con su pistola en mano determinado a pegarle un tiro. El aventurero secuestrador veía ahora si su fin. Pero con tan mala suerte (o tan buena, como gusten verla) que el idiota guardia al salir y disparar, tropezó con el filo de la puerta cayendo ruidosamente de bruces disparándole al suelo y abriéndose la cabeza. Esto hizo estallar los nervios del tipo de la escopeta, quien arriesgando, atrevióse a disparar —con tan mala espina—, que le destrozó la cara a su compañera, tumbando a rehén y captor, a modo que éste quedó cubierto con el cadáver. Asustado, el suicida supuso su fin, cuando en su manoteo desesperado sintió algo… una pistola tirada en el piso, que sin dudarlo, empuñó al momento. Era el arma del guardia que se había caído y se había deslizado debajo de la camioneta. El del rifle sintiéndose ganador del duelo y avergonzado por haber matado a su compañera, en su confusión, creyó ver morir a los dos y bajó la guardia un momento, que, aprovechado por el suicida, pareció revivir de entre los muertos y disparó una bala a la nariz del descuidado guardia. Sorprendido de su tino, el suicida se incorporó bañado en sangre y temblándole todo el cuerpo, cuando el segundo guardia ya levantaba su escopeta aún sorprendido de que aquel pistolero en apariencia abatido se incorporara de nuevo. Pero antes de disparar su cartucho, el guardia cayó con dos tiros, uno al brazo y otro al cuello, estrellándose contra el piso. Hasta el suicida se sorprendió de sus propios reflejos y proceder.
Y fue aquí, que se dió cuenta de lo que había sucedido. Había tres custodios muertos y uno con la cabeza abierta aturdido en el piso. Recordó que él no quería matar, él quería morir, él quería que lo mataran, pero su instinto de supervivencia se había activado automáticamente a defenderse. Él era un simple hombre deprimido resignado a la muerte, dispuesto a que le metieran un tiro para dejar de existir. El guardia del piso, más que desorientado intentaba ponerse en pie, cuando el supuesto agresor se le acercó para intentar explicarle la situación y poder ayudarle, para después entregarse mansamente a cualquier furia vengadora. Pero justo antes de hacerlo, escuchó una pesada bolsa caer al piso. Alguien más estaba dentro de la aseguradora, y así fue que una mano de mujer asomó hacia su cabeza tirándole una bala. Ocurrió tan rápido que él ni siquiera se movió. Esperaba ya caer en el acto, pero simplemente sintió un calor ardiente en la oreja que le hizo reaccionar hacia aquella que le atacaba soltándole un tiro y viéndola caer con las manos pegadas al vientre.
De pronto todo quedó en silencio, su oreja le sangraba, le quemaba. Su ropa estaba húmeda, mojada en sangre y un grupo de guardias agujereados a su alrededor. El custodio tropezado seguía en el piso, —al menos respiraba—, pero parecía resignado a la rendición, a que se tuviera compasión de él. Extrañado, el suicida tocaba su propio cuerpo esperando encontrarse algún agujero extra, pero sin descubrirse nada, sobresaltado y confundido, miró sus propias manos, olió la polvora en el ambiente y el sudor de su porpio cuerpo. Tiró avergonzado la pistola ahora sintiéndose criminal, y con remordimientos y mucha culpa en el alma se propuso subir al vehículo. Al descubrir las llaves, pensó en conducir a un lugar seguro y llevar al herido guardia a una clínica para luego tirarse desde el puente más próximo y morir al fin.
Encendió la máquina, dudó por un momento hacia dónde ir y echando reversa escuchó un ruido extraño, un grito sofocado y una sacudida funesta. Lo apagó y bajó rápidamente. Descubrió que un último escolta venía dentro de la camioneta. Oculto había aguardado con su pistola en mano, pero al percibir andar el motor, creyó sentirse secuestrado con todo y el vehículo, intentando salir para huir de improviso, pero resultó arrollado por lo que protegía. Ya era tarde, estaba muerto. La portezuelita trasera quedaba abierta, y el ahora criminal pidió que “si había alguien más ahí dentro, saliera sin nada que temer”. Pero sólo hubo silencio como respuesta. Se deslizó al interior y fue entonces que se sintió como un explorador descubriendo un tesoro. Encontró sendas bolsas de dinero que aún no habían sido resguardadas ni puestas a salvo. Y entonces, mirando esos paquetes y esos otros bloques —como tabiques de billetes—, un sudor frío le recorrió el espinazo, una tentación gigante y aunque sentíase sobresaltado, estaba arrepentido, avergonzado y asustado, ¿Que más podía ya perder? Tomó los paquetes y las bolsas que pudo y se largó de ahí. No era un tipo ambicioso.
Y el hombre que quería matarse esa noche, el que buscó sólo contrariar un poco, quizás llamar por última vez la atención; aquel hombre, el que se convirtió por unos momentos en un feroz cuatrero, en un furioso pistolero y en un criminal de sangre fría; volvía a sentirse humano y con cierto valor en el mercado. Y ese hombre vive ahora en el Caribe, con un bonito yate, con una linda esposa y pasa las tardes caminando por la playa disfrutando felizmente de su familia. A veces debajo de su colchón saca un viejo diario que aún guarda con recelo. En la portada se puede ver a un cuerpo de seguridad abatido y en grandes letras dice “Feroz comando armado asalta vehículo de valores“. Luego lo vuelve a guardar y corre a jugar con sus hijos a la playa.
¿Qué se necesita realmente para considerarse una estrella musical? ¿Qué se necesita realmente para ser popular, para ser famoso? ¿Cuál es la importancia del talento en el mundo real? —la del talento y la dedicación también— Cuantas veces no hemos visto en TV o escuchado en la radio de cientos de supuestas nuevas propuestas, del surgimiento de flamantes estrellas, de supuestos talentos. Vemos aparecer y desaparecer “artistas” que crean un hit o 2, un ritmito pegajoso, una estrofita popular que ya sea por su perfil primitivo o por la fuerza de la repetición se vuelve un éxito comercial. Y también, ¿Cuántas veces hemos visto ese famoso crimen musical encubierto como “tributo”, como “adaptación”, ese vil intento de refritear viejos éxitos para ocultar la baja calidad autoral, las limitaciones artisticas y la falta de imaginación. O también encontramos la actitud complaciente y discriminatoria de aplaudir a los jovencitos de gafas oscuras, a las nenas de faldas cortas, a los amargados con acento británico o los aullidos norteamericanos en inglés, por el simple hecho de ser extranjeros, por el simple hecho de repetir su video a toda hora.
A paso titubeante andamos y en zona minada sonora se encuentran nuestros oídos. Y a pesar de todo ello, de todo esto, hay talentos tras todo ese humo… si nos fijamos bien, si escuchamos bien.
Abril todavía no se acaba, así que si corren a su puesto de periódicos todavía alcanzan la Playboy del mes, en donde aparece un dibujito mío ilustrando un interesante artículo de Adán Medellín sobre Mwambutsa IV. ¿Qué quién es ese tipo? Ni yo lo sabía. Pero era un negrito rey de Burundi que se dio vida de verdadero Playboy. ¡Vayan por ella!
Lucrecia y Rigoberto eran una pareja bonita, de esas que ves caminar aquí y allá tomados de la mano, de esas que se sientan en una banca de parque y disfrutan el atardecer. De esas pacientes que toleran los malos gustos del otro, de esas que hacen del silencio un delicioso postre para el espíritu. Pasaban los años y Lucrecia y Rigoberto seguían teniéndose el uno al otro. Se tenían el uno al otro y los años parecían no pasar, pero pasaban y ellos parecían querer seguir juntos. Curiosamente no se comprendían demasiado, extrañamente ni siquiera se gustaban del todo, es más ni siquiera se conocían por completo o se comparaban con alguien más y para ser honestos ni siquiera se amaban o se añoraban. Y es que la clave no estaba en un profundo amor de telenovela, sino en una cruda realidad de capricho divino. Su apego no se sostenía por sentimientos de corazón si no por falta de canales de expresión. Él no podía mirar su propia fealdad o quejarse de las opiniones de ella. Y ella no podía avergonzarse de su aspecto, ni disgustarse con aquellos labios que se movían siempre si, pero sin percibir un sonido.
Y es que en esta pareja Lucrecia era sordomuda y Rigoberto era ciego. Y era eso simplemente, que no tenían las armas que los facultaran para entenderse… pero tampoco encontraban motivo para desatenderse.