EL CANTINERO
¿Qué cuál es mi trabajo? Yo me dedico a hacer sentir mejor a la gente. No, no soy payaso (no se trata de hacerlos reír), tampoco soy médico (digo, no se trata de hacerlos sentir peor) ni tampoco soy sacerdote (tampoco es la idea engañarlos). Yo soy cantinero y mi trabajo es ayudar a las personas. Si así, cantinero, como un oficio cualquiera, no “barman” como algunos estúpidos quieren forzarnos con esa frase que no dice nada. Llevo años en el negocio y sinceramente no es por el bar o por mis comunes tragos, no, la gente me busca porque los hago sentir simplemente mejor.
Soy el tipo que siempre sonríe, que sonríe mejor que nadie, el tipo al que nunca le afecta nada, el hombre de hierro, el tipo que tiene mil amigos y por supuesto no tienen ninguno, el fulano inquebrantable que nunca es amargo y que siempre es dulce, un salvavidas para el ánimo de cualquiera, el hombre con todas las respuestas a cualquier pregunta.
¿Qué si seré sabio y sagaz? ¡que va! Digo, de tantos relatos algo habré aprendido, como no, pero mis consejos no son maravillosos, vaya, al contrario, son hasta vagos y corrientes, incluso lo reduzco más, se trata de un simple y único consejo, y este es: “todo se arreglará”.
Y realmente funciona, lo que la gente quiere no es una verdadera solución o un milagro, las personas no son imbéciles, esto es más simple de lo que creen, ellos sólo quieren desahogarse, beber unos tragos, hablar, ser escuchados y sin importar el problema oír de mis labios “no importa, todo saldrá bien”; entonces la maravilla está hecha.
Esto no es gran ciencia, frente a mi barra he visto y escuchado de todo, los hombres se proyectan desnudos, indefensos, temerosos como infantes, sin armaduras, con la lanza y el escudo a los pies, tal y como dios los ha creado, y lo que yo hago es simplemente escucharlos y sonreír como un hermano, un padre o el amigo que nunca tuvieron. Los líos van de lo cotidiano a lo escandaloso, deudas, dinero, trabajo, pleitos, enfermedad y por supuesto la más recurrida, el amor.
Y así, hoy, como todos los días la jornada ha terminado, la velada se ha extinguido y el último borracho ya se fue. Hoy como cada noche ayudé a la gente a sentirse mejor, hoy como a diario los escuché y conforté, hoy también sonreí y sonreí y sonreí y sonreí hasta el final, hasta ahora que me quedo solo y camino por la solitaria calle, pues sinceramente soy muy profesional. Pero una vez en soledad viene esa angustia de la que no estoy exento, viene el profundo y punzante dolor, aquel al que nunca me había enfrentado, aquel miedo terrible que ahora me aqueja, aquélla pena profunda que hoy hace que me desmorone y me hace desear la muerte, hoy siento con toda franqueza que ya no puedo ni quiero vivir más. ¿Qué porque no voy a casa con mi mujer? Porque esa es la peor idea, peor que la muerte, mostrar mi debilidad ante ella sólo consigue humillarme aún más con su regodeo, y eso no volverá a pasar.
Así que me apresuro por la calles, se a donde tengo que ir, hacer lo que todo mundo hace, por fortuna hay más hombres como yo, no soy único, hay otro bar, hay otro cantinero, sólo tengo que dar vuelta a la esquina. Pero cuando llego, veo la cortina cerrada y los parches de clausura en la negada entrada, caigo en la cuenta de que no hay otro bar, ni ningún otro cantinero que no sea yo.
Es entonces que soy el hombre más desolado y solitario que hay en el mundo.