rayoEn mi familia evitamos decir algunas frases como, “si no que me parta un rayo”, “mal rayo te parta”, “voy como de rayo”,  o simplemente “¡rayos!” (aunque  a mi se me escapa mucho) y esto es por los siguientes motivos. El padre de mi abuelita (mi bisabuelo) murió abatido por un rayo, hombre de campo cuidaba a su ganado cuando aquel (el rayo, no el ganado) le cayó encima fulminándolo de inmediato. Muchos años después mi abuelo Lauro subió al piso superior a cerrar las ventanas ante la inminente tormenta cuando un rayo lo derribó arrojándolo hacia el exterior provocándole la muerte (quiero creer que fue otro y no el mismo rayo asesino). Hasta ahora quedamos mi papá y yo íntegros, aunque hace años mientras buscaba resguardarse de la lluvia a campo abierto, un rayo cayó a algunos metros de él poniéndolo a temblar. No sabemos si es el plomo en los pulmones, el hierro en la sangre, las amalgamas de las muelas (porque no llegamos a anillos ni alhajas) o simplemente una muy mala suerte, pero algo allá arriba parece que no nos quiere.
Por lo pronto mi padre y yo vivimos esperanzados que aquel don (o maldición, mejor dicho) de atraer rayos no figure como la única herencia que nos hayan dejado nuestros antepasados.