
Hace poco tuve un romance con un libro. O al menos eso me pareció, como dicen por ahi “los libros son los que eligen a sus lectores y no al revés” creo también, que los libros determinan cuando hacer a un lado a su aburrido lector.
Como es común en la vida, caminando sobre Reforma y sin objetivo alguno, encontré aquella miniferiecita del libro. Sin proponérmelo conocí un libro con muy buenas historias de Robert Louis Stevenson y guiñándome un ojo y dándome a entender por su precio que quería acompañarme, lo adquirí y lo llevé conmigo. Sinceramente estaba algo escéptico por el estilo del libro y sobre todo oxidado por la lectura, así que coqueteabamos sin mucho convencimiento. Poco a poco empezó a acompañarme a todo lugar, su tamaño era perfecto y sus historias comenzaban a cautivarme. Cuando me di cuentan no podía salir sin él, lo necesitaba y fue entonces que comencé a llevarlo conmigo a todos lados.
Quizás por su tamaño en general y su buena ilustración en portada llamaba mucho la atención, yo me sentía orgulloso y no dudaba en presumir mi conquista cada que era posible. Pero una noche que veníamos de un paseo nocturno y de una apasionada lectura en metro, (y justo cuando el bello libro se me había entregado a más de la mitad) sucedió que de una tertulia o fallida fiesta (no lo sé), salió uno de mis vecinos ligeramente ebrio invitándome a su festejo. Me negué, pero a temor de parecer un patán, acepté su invitación (muy brevemente según yo).
En el lugar había muy poca gente y entonces comenzó la charla superflua (que es la más cómoda en las fiestas), mi libro y yo estábamos juntos muy cómodamente, y a un descuido de ambos, mi bello libro ya se encontraba en manos de otro. No quise parecer un celoso ridículo, así que lo dejé hacer.
El libro parecía desconfiado, pero al poco tiempo ya se regodeaba por la zona mucho más seguro que yo. Ya había explicado y presumido ligeramente su contenido al menos un par de veces, pero de pronto cayó en manos de un personaje peculiar. Era un tipo extraño y feo que no sabía exactamente que tenía frente a él, lo miraba con curiosidad y releía una y otra vez la contraportada, la portada parecía simplemente que lo absorbía profundamente.
Bebí un poco de cerveza y con cierta tristeza y deseo miraba a mi libro quién parecía hacer lo mismo de su parte. Comencé a intuir que ya no me necesitaba a mi y que se encontraba si bien un poco lastimado por el tosco uso, muy conciente de su efecto en aquel tipo. La charla y la velada siguió al grado de que cuando intenté retirarme de ahi, me di cuenta qu mi libro ya me había abandonado y que se había ido a los brazos y ojos de otra persona.
Abandoné la reunión algo decepcionado, ese libro y yo comenzábamos a pasarla muy bien, no es su valor físico sino el sentimental el que me duele, nos quedamos a medias de una historia muy importante. Al otro día pregunté a los parroquianos si lo habían visto pero nadie supo darme razón. A veces trato de imaginar en que podía haber acabado la historia que me contaba y de que pudo haber tratado el último cuento que me tenía reservado, quizás nunca lo sabré pero ya no vale la pena pensar en ello. Espero que me recuerde como un fiel lector y como alguien que le tomó mucho aprecio. Pero la verdad no me sorprende demasiado, lo encontré en Reforma, en plena calle, sabía que era un libro aventurero que estaría brevemente en mis manos y así lo quise, debo aceptarlo. Ahora trato de imaginar que en su sed de aventura se encuentra en manos de algún otro buen lector o que le servirá a algún estudiante mucho más necesitado de sus historias que yo, quiero creer que así es.
Mientras tanto no me queda más que salir con algún viejo libro, esperando reavivar algún amor intenso por una historia y esperar a que en alguna calle, casa o librería, un bonito libro pueda verme con simpatía y salte a mis brazos para que podamos entregarnos y escapar uno al lado del otro.