agujas1Volvía de la universidad. Mochila a la espalda como un carapacho, librito de Edmundo Valadés en las manos y yo, muy metido leyendo sus cuentos. Había sido una de esas extrañas ocasiones en las que de verdad sales a las 10 de la noche de la FES Acatlán y yo ya estaba en la estanción Guerrero de la línea B del metro. Éste al fin apareció y abordándolo me senté en uno de esos asientos individuales. Era un vagón apenas habitado por un puñadito de personas. Anduvimos algunas estaciones, quizás 2 o 3, cuando de reojo noté una figurita en el pasillo que me había pasado inadvertida. Era apenas una silueta chueca que de pie se acercaba muy lentamente, tan que en mi paciencia, todavía me di el lujo de terminar de leer mi página para prestarle atención.

Y así la vi: era una vieja arrugada, encorvada, muy canosa, vestida de negro, con la cabeza ligeramente cubierta, los tobillos enfundados en toscas calcetas, envuelta en un chal roído. Que de por si, daba escalofríos ver su aspecto y su torpe caminar, fue más horroroso verle la cara con los ojos bien abiertos, unas pupilas de punto y una risita que desbordaba locura. Medio boquiabierto miré a mi vecino de enfrente, quien impresionado tampoco podía quitarle los ojos de encima a aquello que bien parecía una bruja que se había manifestado frente a nosotros. Aquella anciana, (me niego a considerarla con algún afectivo como “abuelita”) siguió dando sus pasitos de bebé mounstruo y de pronto, su mirada perdida se concentró en algo… o alguien. Había escogido a su víctima y para su infortunio era a mi asustado vecino gordito de enfrente.

La bruja, como si fuera posible, acentuó más su sonrisa y buscando entre los harapos de su chal ¡sacó un par de agujas de tejer que nos parecieron gigantescas! y recobrando fuerzas ajenas de juventud se abalanzó sobre mi vecino dispuesto a picarlo como si fuera una res. El gordito aterrorizado y con cachete vibrante, en una heroíca maniobra se deslizó como globito con agua por debajo del brazo de la hechicera, huyendo por el pasillo. Yo, sorprendido por la reacción del gordito y lo funesto de la aparición, me quedé clavado en mi sitio, sentado con el libro abierto, cuando vi como la tenebrosa anciana se giraba a punto de verme como su próxima vícitma. Ya me hacía perforado por sus agujas cerrando solamente mis ojitos; cuando el resto de los sorprendidos pasajeros descubrieron a la bruja de las agujas e irrumpieron en singular estámpida hacia el extremo contrario del vagón. Esto irritó o excitó sus animos hechiceros, por lo que se lanzó a por ellos. Cuando esperábamos atestiguar a la primer víctima, de pronto se hizo la luz. El metro arribó a la iluminada estación San Lázaro y cuando las puertas se abrieron la anciana desapareció escurriéndose como una mancha de tinta china por el andén. Subieron quizás un par de pasajeros extrañados que nos miraban como si unos locos fueramos nosotros. Todos parapadeamos quizás unas 5 veces y fue cuando alguien bajó una palanca de seguridad. El policía no tardó en aparecer y aunque varios balbuseaban y señalaban hacia el andén en la dirección de la anciana, denunciando su aspecto, su locura y sus diabólicas agujas, el policía apenas atento quizás por el sueño, por estúpidez honesta o por considerar nuestro relato absurdo o quizás hasta conocido, se limitó a echar llave y bajar la palanca. Así que sencillamente reanudamos nuestro recorrido, tomando nuestros lugares originales, excepto mi vecino gordito quién curiosamente ya no volvió a aparecer más. Quién sabe que fue de él. Extrañados y en silencio fingimos tranquilidad y me dispuse en apariencia, a seguir leyendo mi página 66… pero con los ojos nada puestos en la lectura.

handgunDespués de caminar por la noche, había tomado la desición y cobrado el valor determinante. Aquel hombre iba a quitarse la vida. Estaba cansado de existir, harto de la miseria, la frustración y la desesperanza. Que muchas tribulaciones había pasado, muchos dolores soportado, penas del alma, del corazón y del cuerpo que sería desgarrador enlistar. Así que se decidió matar. Caminaba por ahí con esta idea fija en la mente, con la convicción plenamente tomada, solamente faltaba el detalle del “como” y aunque realmente parezca ni relevancia tener, la tiene cuando se decide morir. Pero ya lo tenía, simplemente al circuito interior llegaría y arrollar se dejaría. En esto pensaba cuando se le presentó una curiosa oportunidad, una idea loca y curiosa —era una camioneta—.

Una camioneta blindada, de esas que recogen bolsas de dinero en negocios. Se encontraba estacionada frente a una aseguradora y dos uniformados le hacían guardia armada. Y le vino la idea cuando vio salir a una masculina uniformada de faldas y mallas cafés, cargando un par de bolsas oscuras y en una explosión de adrenalina y sin sentido, actuó rápido. Dado que su aspecto era tan inofensivo, nadie le prestó atención hasta que tomó por el cuello a esa guardiana mujer, mientras con sus dedos presionaba por la espalda como si con un arma letal le apuntara. Los otros dos escoltas giraron tardíamente cuando atestiguaron al fin la escena.

La tonta idea de nuestro hombre era la de jugar un poco con su desvalorada vida y con el caprichoso destino. Estos tipos le harían el favor de perforarlo como colador, dejarlo tirado en la acera de manera rápida y sin dolor, bañado en charcos de sangre, en una muerte segura. Los medios se sorprenderían cuando notaran a este lunático desconocido caído, sin una pistola de verdad y haciéndola con sus propios dedos ya tiesos por el rigor mortis. O quizás los guardias y la policía le sembrarían algún revólver, alguna escuadra para justificar los tiros. Pero esos detalles eran lo de menos, que lo importante era morir al cabo y de manera pronta.

Como cuatrero del oeste, como gángster de Capone, ya gritaba ordenándoles tirar las armas a riesgo de agujerear a la rehén en cuestión (de quien ya esperaba recibir alguna espectacular llave de judo para salvarse), pero de la que sorprendentemente no obtenía respuesta. A cambio de eso, su rehén le susurraba que recién había sido madre y que respetara su vida por el amor de dios. Uno de los otros escoltas parecía distinguir esto, e intimidado bajaba su arma, pero el otro con más sangre fría, se mantenía apuntándole a la cabeza con su escopeta. —Tírame ya— pensaba el improvisado ladrón, quien convincentemente quería morir, pero que instintivamente al intuir el tiro en la cabeza, ya retrocedía lentamente dándole la vuelta al frente de la camioneta y escudándose con la misma. El guardia de la sangre fría lo seguía con lentitud paciente como un cazador en serio duelo de nervios. La tensión estaba al límite.

Y fue entonces que un nuevo escolta apareció decidido como un héroe, irrumpiendo por la puertita de la cortina de la aseguradora, con su pistola en mano determinado a pegarle un tiro. El aventurero secuestrador veía ahora si su fin. Pero con tan mala suerte (o tan buena, como gusten verla) que el idiota guardia al salir y disparar, tropezó con el filo de la puerta cayendo ruidosamente de bruces disparándole al suelo y abriéndose la cabeza. Esto hizo estallar los nervios del tipo de la escopeta, quien arriesgando, atrevióse a disparar —con tan mala espina—, que le destrozó la cara a su compañera, tumbando a rehén y captor, a modo que éste quedó cubierto con el cadáver. Asustado, el suicida supuso su fin, cuando en su manoteo desesperado sintió algo… una pistola tirada en el piso, que sin dudarlo, empuñó al momento. Era el arma del guardia que se había caído y se había deslizado debajo de la camioneta. El del rifle sintiéndose ganador del duelo y avergonzado por haber  matado a su compañera, en su confusión, creyó ver morir a los dos y bajó la guardia un momento, que, aprovechado por el suicida, pareció revivir de entre los muertos y disparó una bala a la nariz del descuidado guardia. Sorprendido de su tino, el suicida se incorporó bañado en sangre y temblándole todo el cuerpo, cuando el segundo guardia ya levantaba su escopeta aún sorprendido de que aquel pistolero en apariencia abatido se incorporara de nuevo. Pero antes de disparar su cartucho, el guardia cayó con dos tiros, uno al brazo y otro al cuello, estrellándose contra el piso. Hasta el suicida se sorprendió de sus propios reflejos y proceder.

Y fue aquí, que se dió cuenta de lo que había sucedido. Había tres custodios muertos y uno con la cabeza abierta aturdido en el piso. Recordó que él no quería matar, él quería morir, él quería que lo mataran, pero su instinto de supervivencia se había activado automáticamente a defenderse. Él era un simple hombre deprimido resignado a la muerte, dispuesto a que le metieran un tiro para dejar de existir. El guardia del piso, más que desorientado intentaba ponerse en pie, cuando el supuesto agresor se le acercó para intentar explicarle la situación y poder ayudarle, para después entregarse mansamente a cualquier furia vengadora. Pero justo antes de hacerlo, escuchó una pesada bolsa caer al piso. Alguien más estaba dentro de la aseguradora, y así fue que una mano de mujer asomó hacia su cabeza tirándole una bala. Ocurrió tan rápido que él ni siquiera se movió. Esperaba ya caer en el acto, pero simplemente sintió un calor ardiente en la oreja que le hizo reaccionar hacia aquella que le atacaba soltándole un tiro y viéndola caer con las manos pegadas al vientre.

De pronto todo quedó en silencio, su oreja le sangraba, le quemaba. Su ropa estaba húmeda, mojada en sangre y un grupo de guardias agujereados a su alrededor. El custodio tropezado seguía en el piso, —al menos respiraba—, pero parecía resignado a la rendición, a que se tuviera compasión de él. Extrañado, el suicida tocaba su propio cuerpo esperando encontrarse algún agujero extra, pero sin descubrirse nada, sobresaltado y confundido, miró sus propias manos, olió la polvora en el ambiente y el sudor de su porpio cuerpo. Tiró avergonzado la pistola ahora sintiéndose criminal, y con remordimientos y mucha culpa en el alma se propuso subir al vehículo. Al descubrir las llaves, pensó en conducir a un lugar seguro y llevar al herido guardia a una clínica para luego tirarse desde el puente más próximo y morir al fin.

Encendió la máquina, dudó por un momento hacia dónde ir  y echando reversa escuchó un ruido extraño, un grito sofocado y una sacudida funesta. Lo apagó y bajó rápidamente. Descubrió que un último escolta venía dentro de la camioneta. Oculto había aguardado con su pistola en mano, pero al percibir andar el motor, creyó sentirse secuestrado con todo y el vehículo, intentando salir para huir de improviso, pero resultó arrollado por lo que protegía. Ya era tarde, estaba muerto. La portezuelita trasera quedaba abierta, y el ahora criminal pidió que “si había alguien más ahí dentro, saliera sin nada que temer”. Pero sólo hubo silencio como respuesta. Se deslizó al interior y fue entonces que se sintió como un explorador descubriendo un tesoro. Encontró sendas bolsas de dinero que aún no habían sido resguardadas ni puestas a salvo. Y entonces, mirando esos paquetes y esos otros bloques —como tabiques de billetes—, un sudor frío le recorrió el espinazo, una tentación gigante y aunque sentíase sobresaltado, estaba arrepentido, avergonzado y asustado, ¿Que más podía ya perder? Tomó los paquetes y las bolsas que pudo y se largó de ahí. No era un tipo ambicioso.

Y el hombre que quería matarse esa noche, el que buscó sólo contrariar un poco, quizás llamar por última vez la atención; aquel hombre, el que se convirtió por unos momentos en un feroz cuatrero, en un furioso pistolero y en un criminal de sangre fría; volvía a sentirse humano y con cierto valor en el mercado. Y ese hombre vive ahora en el Caribe, con un bonito yate, con una linda esposa y pasa las tardes caminando por la playa disfrutando felizmente de su familia. A veces debajo de su colchón saca un viejo diario que aún guarda con recelo. En la portada se puede ver a un cuerpo de seguridad abatido y en grandes letras dice “Feroz comando armado asalta vehículo de valores“. Luego lo vuelve a guardar y corre a jugar con sus hijos a la playa.

fotitoIlustrando visiones sobre el Londres clásico del siglo XIX. Mister Hyde el alter ego maligno del Dr. Jekyll.

¿Podían haberse conocido Mr. Hyde y Jack el destripador?

Jack the ripper, fue un asesino serial cuyos crímenes comenzaron en Londres por el año de 1888. Se le adjudican 5 asesinatos, y un descaro total hacia Scotland Yard (policía londinense) enviándoles misivas y partes de sus víctimas por correo. Su modus operandi era el de degollar a la persona, mutilar el sexo de sus víctimas (mujeres prostitutas) y regar los intestinos dibujando con ellos formas extrañas. Nunca se supo la identidad de Jack y jamás fue capturado.

Existe una gran lista de sospechosos que se dice eran Jack el destripador, en la que curiosamente encontramos a Lewis Carrol autor de Alicia en el país de las maravillas. Se dice que Carrol desparecía las noches en que los crímenes se ejecutaron, y que su poema Jabberwocky es una confesión en clave de sus crímenes.

Otro dato curioso que se cuenta, es el de Arthur Conan Doyle escritor y creador del célebre Sherlock Holmes. Se dice que Conan Doyle colaboró en las pesquisas y deducciones de la policía, y que hasta propuso una investigación dactilar la cual fue desechada (en aquel entonces no existía el análisis de huellas digitales). Lo más extravagante del asunto, es que el escritor argentino Juan Jacobo Bajarlía menciona en su libro Historia de monstruos que en un viaje a Londres encontró un libro apócrifo escrito por Robert Louis Stevenson (el autor de Dr. Jekyll y Mr. Hyde), en donde el escritor narraba con argumentos y lujo de detalles los crímenes del destripador, pero  llamándolo con el mote de “Jek the ripper”. El argentino deduce que Stevenson conoció al verdadero Jack en persona y que siempre supo su identidad y de quien se trataba en realidad. En aquel entonces, cuando Jack asesinaba prostitutas, las salas de Londres exhibían la puesta teatral de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

¿Qué tendrán estas criaturas ya sean ficticias o reales que siguen seduciendo con su maldad aún sobre el paso del tiempo? ¿Hasta dónde llegaba la ficción y comenzaba la verdad? Otra curiosidad. Habían pasado 8 años de que Stevenson había escrito Dr. Jekyll, cuando una tarde destapando una botella de vino, le atacó un derrame cerebral. En el momento, después de quebrarse la botella contra el piso, Stevenson como si de mera tranformación química se tratara, pedía ayuda diciendo que su rostro estaba cambiando. ¿Víctima de su propia imaginación? Poco después el escritor fallecería.

angel-electrico2Diablillo jugaba con Querubín y Cupido a errar por el mundo de los humanos. Diablillo, menos conservador que los dos hermanos, les presumía los avances tecnológicos de la humanidad. Los llevó a conocer máquinas y electrónicos, pero lo que más llamó la atención de los angelitos fue la electricidad. Así que Diablillo comenzó con la presunción.

—Miren chicos— les mostraba, —este es un cepillo de dientes eléctrico, pruébenlo, hace cosquillas con sus “vi-bra-cio-nes” y Querubín reía con espuma en la boca. —Esta cosa de aquí— les dijo, es una rasuradora eléctrica, con ella podremos rasurarnos cuando seamos mayores y de un ademán rápido cortó un cairelito de Cupido. Después de eso les mostró un sin fin de artilugios novedosos. Jugaron en la escalera eléctrica, cocinaron en el horno eléctrico, sincronizaron ritmos en bombillas eléctricas y rockearon un poco con la guitarra eléctrica.

Al día siguiente Satanás leía su diario como todas las mañanas, —Vaya, sismo en Haití, no es que se nos haya pasado la mano, es que haya arriba alguien no está haciendo su  trabajo como debería— pensaba, cuando vio salir discretamente a su hijo Diablillo, a quien atajó. —¡Hey tú diablillo!—, —¿A dónde crees que llevas esas cosas?— le preguntó. —Ohhh papá, simplemente voy a prestárselas a Querubín y Cúpido, tú sabes lo que puede pasar, será divertido— respondió Diablillo. Su padre lo miró con benevolencia y luego asintiendo dijo —Bien, no importa lo que les pase a ellos, pero eso si, regresas esa silla y esa sierra eléctricas a su lugar cuando termines—. Y fue así que Diablillo se alejó a la carrera feliz para encontrarse con sus amiguitos, mientras Satanás, su padre, pasaba el brazo por encima del hombro de su mujer y sonreía —¡Oh Lilith, nuestro muchacho está creciendo!—.

sherrie__s_cofee_break_by_k_a_d_lComenzó una noche cuando volví muerta del trabajo. Caí en la cama como un fardo después de revisar mil facturas. Y la negrura de mi sueño fue tomando forma, la niebla se fue disipando y distinguí sobre aquellas montañas violeta un amanecer de luz naranja. Yo usaba un vestido lindo, amplio con coqueto delantal y medias con brillantes. Jugaba con un perrito salchicha color azul que tenía dos cabezas y carecía de cola. Había pájaros de matices brillantes y las moscas eran de chocolate delicioso y crujiente. Las avestruces usaban zapatos de charol y los unicornios diamantes multicolores en sus cuernos. Finalmente la esfera con la que jugaba lanzándola al perrito, cayó a los pies de Él.

Él tenía el cabello rizado y una sonrisa bonita, muy simpática. Además tenía cejas muy marcadas y ojos muy profundos como dos pozitos de petróleo. Él tenía algunos rombos rosas en su chaleco grisáceo que hacía juego con las manchas sucias de sus mejillas sin afeitar. Él tenía pantalones de muchas bolsitas y de cada una sacaba dulces, caramelos, anillos y catarinas que ponía en la palma de mi mano. Él tenía un moño brillante al cuello, que en realidad era una mariposa, una que era muy elegante, quien a su vez usaba moño. Él tenía brazos velluditos que se erizaban cuando me tocaba y cuando lo acariciaba, revoloteaban luciérnagas en sus ojos y sus labios se humedecían.

Y así cada noche después del trabajo, cuando me iba a la cama, comenzaba aquel sueño; el maravilloso sueño de ese mundo mío en donde yo era feliz con Él, quien me cuidaba, quien me abrazaba, quien me besaba y me cortaba mandarinas de terciopelo para comer. Yo me sentía muy feliz.

Pero sucedió que un día, cuando hacíamos figuritas con las nubes mientras bebíamos lluvia, salió detrás de la luna un hada con figurita de princesa. Le preguntó por una calle mientras seductora le sonreía. Él estúpidamente la guió y le hizo una caravana cuando se despidieron. Yo no quise darle importancia al hecho, pero desde ese día Él actuó muy extraño. Ahora cuando duermo y comienzo a soñar ahí está ella, mostrando sus piernas sin recato, soltando aromas frugales con su pelo, refrescándolo con sus alas y contoneándose entre suspiros. Y él no deja de seguirla, de mirarla, la columpia con el arcoiris, le unta caracoles en la espalda, le cocina piñas con salchicha y le cuenta historias de oficina para que la “hadita” se asuste y se aferre al tórax de Él. Yo sólo he estado abandonada, en mi mundo, en mi sueño, hundida, ahora si en mi soledad real y ficticia.

Pero anoche ya no lo soporté más. Ella, -la desgraciada- le dejó un recado estrellado detrás de la luna para escapar juntos a lo más profundo de la galaxia de algodón. Antes de despertarme, Él me inventó una historia idiota sobre visitar a la cacatúa de su madre. Me dijo, entre caricias que me haría el amor para despedirse por unas cuantas noches nada más. Así que aquí estoy, en esta terminal de autobuses. Salí de trabajar y corrí para acá. Estoy haciendo tiempo, ¿Qué se cree Él, imbécil? ¿Que correré a mi cama para dormir y permitirle engañarme entre sus peludas piernas mientras piensa en largarse con aquella?. No señor, no soy tan idiota, Él imbécil y la zorra con alas no se burlarán de mi. Pienso quedarme despierta aquí toda la noche y todas las que sean necesarias para no darles su oportunidad. Así que mientras tanto, enciendo un cigarrillo y le pido a la camarera que me sirva una taza de café más.

Cuando era chico una de mis series favoritas era la Dimensión Desconocida. Sólo que claro, me tocó crecer con la serie remake de la década de los 80, y si las historias sobrenaturales o fantásticas me agradan hoy en día, en mucho se lo debo a está misteriosa serie. ¿Quien no recuerda el intimidante intro con el que iniciaba el programa? Uno de los mejores, sin duda.

La Dimensión Desconocida en realidad inició en 1959 y se rodaron nada más y nada menos que 159 capítulos, todos filmados en modesto blanco y negro, con guiones ingenuos (el hombre ni a la luna llegaba) pero la mar de ingeniosos. Todas por supuesto son historias fantásticas, y las hay para todo gusto, viajes espaciales, robots futuristas, travesías en el tiempo, fenómenos paranormales, entidades diabólicas, mundos extraordinarios, criaturas mitológicas, dramas psicológicos, pesadillas, locura, imaginación, giros de tuerca sorprendentes, moralejas irónicas y siempre la duda sembrada al pecho. Soprendentemente su creador Rod Serling no sólo concibió la idea, sino que era el principal guionista de la serie, lo que lo consagra como uno de los máximos representantes de la ciencia ficción. Además curiosamente nos encontraemos capítulos con la mano de otros genios como Richard Matheson y Ray Bradbury.

Al introducirnos en la confusión de sus historias, notaremos que en sus cortos capítulos está contenida la semilla de muchas obras cinematográficas actuales como Langoliers, Juegos Diabólicos (Polstergeist), Ghost, Gremlins, Misión a Marte y encontraremos también que han aportado material para infinidad de parodias.

Además como regalo adicional la serie da cabida a muchas estrellas legendarias de Hollywood quienes aún en su juventud aparecían en esta serie antes de alcanzar la fama, como Charles Bronson, Lee Van Cleef, Robert Duvall, William Shatner, Robert Redford, Burt Reynolds, Barbara Heden, entre muchos otros.

Para los que busquen más, si no les fue suficiente una dosis de 159 capítulos en blanco y negro existen además de la serie remake de los 80, una película de 1983 producida y dirigida en parte por Steven Spielberg y una serie más o menos fresca de la CBS que pareció en el 2002 aunque con pobre impacto en relación a la original. Así que sumérganse en algún capítulo desconocido y verán que resulta difícil escapar de sus historia y se verán atraídos en el mismo momento de escuchar aquel enigmático timbrecito. ¿Que no es posible? Todo es posible en la dimensión desconocida.

pinataDespués de pedir la posada, entraron los peregrinos; los acomodaron en el nacimiento y repartieron la colación. Convidaron ponche en vasitos de unisel y todos volvieron al patio para colgar y romper la piñata. Los niños encaprichados batallaron para quebrar su estrella, y cuando lo consiguieron, lucharon por la posesión de fruta, dulces y cucuruchos de cartón plateado. Después siguieron los adultos y para cuando Anselmo se dio cuenta, ya tenía la venda en los ojos y lo mareaban con vueltas poniéndole un palo entre las manos.

      Entre gritos de apoyo y confusión, aquel lanzaba palos ciegos rastreando la piñata y golpeó con todas sus fuerzas cuando por fin la sintió. Con rabia y esmero se concentró en reventarla y después de sonoros ecos y gritos de exaltación escuchó el desparramiento de aquel deseado relleno. Entonces se arrojó ansioso, pero entre aquella euforia sólo abrazó cabellos y narices batidos entre tibia sustancia.

     Cuando al fin se quitó la venda pudo ver que dos personas estaban a sus pies con las cabezas abiertas y los cráneos reventados, hundidas en charcos rojos entre trocitos de cerebelo. Todos inmóviles contemplaban mudos y estupefactos a Anselmo arrodillado. Él asustado, sólo vio entre lucecitas bamboleándose sobre su cabeza a la piñata intacta, que, con su forma de diablito le dedicaba una peculiar risita.

oscuridadEra una noche de rutina. Había trabajado hasta muy tarde y en pijama estaba por meterme a la cama. Mi habitación, para que se den una idea, es de tamaño pequeño, sencillamente es un dormitorio. Sólo mi cama, un tocador, su closet y una pequeña mesa caben ahí dentro. Todo estaba listo para irme a dormir como de costumbre, así que apagué el interruptor de la luz que está justo en la entrada, en el marco de la puerta.

     Fue entonces que ocurrió la locura.

     Lo primero que me sorprendió fue encontrarme en la oscuridad total. Ya había dicho que apagué la luz, claro, pero en la mayoría de los casos un ligero resplandor se cuela por la ventana proveniente de cualquier cosa, ya saben iluminación de la calle, luna llena, vecinos trasnochando o simplemente la ciudad; pero esta vez, extrañamente ninguna estaba ahí, así que como les dije, me quedé sumido en la más profunda oscuridad. Si bien me pareció raro, no le di demasiada importancia al hecho y me dispuse a meterme a la cama.

     Como ustedes ya sabrán en sus propias habitaciones, uno tiene ya aprendidas las distancias, y aunque no se pueda ver, cada quien tiene en su mente un mapa detallado de la ubicación de los muebles y de las distancias que los separan. Pues bien, yo calculé los pasos y la dirección en la que se encontraba mi cama como en cualquier noche, y curiosamente, después de dar los pasos necesarios, no sentí mueble alguno. Me quedé frío. Aquello era muy extraño, sentí un poco de miedo y vergüenza, ya que ridículamente no encontraba mi propia cama frente a mi. Me sentí estúpido, tantee con los brazos extendidos y hasta con la punta de los pies hacia distintas direcciones; pero era inútil, no podía sentir absolutamente nada, nada material, nada físico. Un poco alarmado para ser sincero, eché marcha atrás para buscar a tientas el interruptor de la luz que había soltado hacía segundos, pero al dar los pasos, según yo, necesarios; no daba ni sentía con switch alguno, ni puerta alguna, ¡vamos! que ni siquiera con el muro de la habitación.

     Angustiado ahora si realmente, lo único que se me ocurrió fue agacharme como un tonto para tocar el piso y convencerme de que estaba en tierra y sentir al menos una superficie. Gateando comencé a andar como si fuera un perro. Extendía las manos frente a mi, y aún andando varios metros en distintas direcciones ¡no podía tocar un solo muro! ¡aquello era inaudito! Solamente sentía el piso, la superficie lisa  en la que andaba como si esta fuera parte de un inmenso salón y nada más ¡No había muros a mi alrededor!¡No había nada!

     Confundido y en la más terrible de las ansiedades me incorporé. Mi mente buscaba, intentaba razonar lo que había pasado, me culpé por haber andado de aquí a allá en todas direcciones, quizás ya me había alejado bastante de mi habitación, ¡pero eso era ridículo! Si me encontraba dentro de un cuarto de 5x 5 metros, ¡esto era imposible!, ¡no encontraba explicación alguna! Más de una vez me repetí que se trataba de un sueño, pero mientras más apretaba mis propios brazos y golpeaba mis puños contra el piso, más caía en cuenta de que no se trataba de sueño alguno, ¡esto era real!

     Alarmado y temblando comencé a andar, primero caminando, luego trotando y finalmente ¡corriendo! Era la locura, ¡podía correr por aquella oscuridad eterna sin poder ver nada o tocar algo! Enloquecido gritaba por ayuda, pero mis gritos se perdían sin eco alguno y parecían vivir y morir al instante simplemente en mis labios. Pasé horas y horas tratando de encontrar una luz, un objeto, una salida.

     No se cuanto tiempo he pasado aquí, ni allá en mi habitación ahora en soledad; pero siento que han sido largos años. Yo he andado desde entonces en la negrura total, creo que aún en pijama, sin haber podido a través de este tiempo, ver o tocar algo. Estoy a punto de rendirme y esperar mi fin, pero siempre tengo un sueño, uno en el que al siguiente paso que doy, puedo sentir un muro, una pared sólida, el marco de la puerta… y presionar el interruptor para encender la luz y encontrarme nuevamente a salvo en mi pequeña habitación.

pinosPapá salió de casa muy temprano echándose el abrigo y el hacha al hombro. Nos dijo a mi hermana y a mi que volvería por la tarde, que nos traería un gran pino; un frondoso y bello árbol para decorarlo y hacer notar que la navidad ya estaba en casa. Por la ventana, a través de la niebla, con escarcha en las ventanas y nieve en el horizonte, vi alejarse a papá y perderse hacia lo alto de la montaña internándose en el bosque. Fue la última vez que lo vimos.

Durante los siguientes 3 días el sheriff y los vecinos formaron expediciones para buscarlo. Yo esperaba paciente que la noche de navidad regresara, pero nunca sucedió. Amanecí con un sabor amargo, y con la casa más fría en la peor de las navidades. Después de que cesó la nieve dos semanas después, un vecino nuestro encontró vestigios de lo que habían sido las intenciones de mi padre. Encontraron su hacha aún clavada en el tosco y grueso tronco de un gran pino. Sin duda mi padre, ambicioso, había escogido bien un hermoso y vigoroso árbol para despojarlo de su punta y adornar con ello nuestra miserable casa. Evidentemente nunca lo logró, lo único que se encontró fue el hacha enclavada en el tronco, olvidada, solitaria, sólo eso y nada más. Ningún rastros de su cuerpo, ni siquiera huellas de sus pies, nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra o se hubiera desvanecido al viento.

Todos en el pueblo al menos supimos en que árbol fue y desde entonces se creó la leyenda de que el pino era una entidad milenaria, y que por ello, guardaba extraños secretos para evitar ser derribado. Algunos otros menos aventurados comentaban que papá sencillamente nos abandonó en claro pretexto… Yo aún tengo muchas dudas, pero sé que mi padre nunca nos hubiera dejado simplemente así.

Ahora, dentro de tres días es navidad. Ya han pasado 25 años desde que papá despareció. Hoy por la mañana prometí a mis hijos traerles un bonito pino navideño. Se exactamente de cual árbol se trata. Subiré a la montaña entre la niebla y la nieve y me enfrentaré con mi hacha a aquel pino que papá intentó derribar. Tal vez con cada golpe pueda abrirle un poco la memoria a ese pino para saber la verdad de lo que realmente pasó, o al menos, tal vez comparta el mismo destino de mi padre y sepa entonces de una vez por todas cual es el terrible secreto de ese pino navideño.


090204_supermarket_savingsTuve un sueño muy extraño. En él me veía de pronto dentro de un gran supermercado. Me encontraba en medio de un pasillo desconcertado y con las manos bien puestas sobre un carrito de compras vacío. En mi sueño no recordaba como había llegado ahí, ni por cual camino, ni con que fin. Simplemente me encontraba en medio del gran supermercado.

El lugar estaba atestado, la gente iba y venía en todas direcciones, se tropezaban o se encontraban, se empujaban o hablaban, recogían o sopesaban , había actividad, ruido y ajetreo. Esa gente tomaba productos, los evaluaba, los comparaba o simplemente los arrojaban a sus carritos, algunos atiborrados otros semivacíos. Había consumidores voraces, dudosos, pacientes o muy directos. Había ancianitas, madres, familias, niños o jóvenes parejas, era en si un hervidero impresionante. A la vez y en mi torpe caminar, alguien me sonreía, si no es que me agredía y en la mayoría de las veces simplemente me ignoraban como un producto más. De pronto un empleado me tomaba del brazo y me guiaba a un estante convenciéndome de cierta necesidad, de repente otro me convencía de lo opuesto cambiando el producto que tenía en las manos. Cuando lo notaba, una checadora reacomodaba lo que llevaba en mi carrito que volvía a lucir vacío y rato después, dos demostradoras bellísimas lo rellenaban de nuevo.

A veces me encontraba haciendo fila para algo, de pronto ahogado en un pasillo invadido por mil gentes, por mil voces de micrófono; un segundo después estaba en un pasillo de aterciopelados cojines en completa soledad o en manos de agradable y dulce compañía. Al instante me sentía curioso, dispuesto a probar todo; al siguiente, huraño y amargado, descalificando, huyendo o aislándome voluntariamente.

El caso es que como fuera, algo crecía dentro de mi, y ese algo era una angustia.

Ir de un pasillo a otro era desesperante, pero sobre todo era, que me abrumaba mi propia confusión personal, el ver todo y no ver nada, tener todo y querer nada, desear todo y poseer nada. Era esa amnesia, la de no saber nada, ni de manera cercana, el porque yo estaba ahí; en realidad no sabía lo que buscaba, si una prenda, un disco, una película, un videojuego, un juguete, alimentos, embutidos, panes, cereales, lácteos, herramientas, frutas, bebidas, licores, verduras, carnes, dulces, abarrotes, jarciería, calzado, perfumes o infinitas cremas, faciales, antiarrugas, de afeitar, de vaca o para los zapatos.

Temblaba, me mortificaba y sudaba copiosamente, me angustiaba el tiempo, la hora, mi situación, las filas y la incertidumbre. No sabía a que había ido, ni que necesitaba, no sabía como pagaría ni cuanto debería. Ya corría y las piernas se me quebraban, mi garganta se atragantaba, mi vista ya se nublaba, y el miedo en abrumadoras oleadas atravesaba mi corazón. Que el horror era, que ni siquiera sabía si quería estar ahí, si debía estar ahí, o se trataba de un mero accidente al fin. Cuando el fragor, la muchedumbre, los metales, las luces, los colores, el barullo, alcanzaron su punto más álgido y vertiginoso, desperté a punto del colapso.

Entre escalofríos y con el corazón aliviado afortunado suspiré. Era una bendición mirarme despierto, saberme en mi cama, entre sábanas tibias a salvo de aquel enjambre de sensaciones. Pero aquella paz duró poco, miserables segundos apenas, pues al notar el sol por mis ventanas, el comienzo del día naciente, las manecillas en punto, el tic tac apremiante y mi lista de objetivos, vino a mi la repetición infinita de mi rutina agobiante, el amanecer de la obligación continua, y con ello la conciencia completa del deber impuesto por mi cotidiana vida, con las dudas eternas y mi destino incierto, me di cuenta que la ansiedad del supermercado apenas a comenzar volvía.