CUENTO: FEROZ COMANDO ARMADO / POR LEAR
23 Abr 2010
Después de caminar por la noche, había tomado la desición y cobrado el valor determinante. Aquel hombre iba a quitarse la vida. Estaba cansado de existir, harto de la miseria, la frustración y la desesperanza. Que muchas tribulaciones había pasado, muchos dolores soportado, penas del alma, del corazón y del cuerpo que sería desgarrador enlistar. Así que se decidió matar. Caminaba por ahí con esta idea fija en la mente, con la convicción plenamente tomada, solamente faltaba el detalle del “como” y aunque realmente parezca ni relevancia tener, la tiene cuando se decide morir. Pero ya lo tenía, simplemente al circuito interior llegaría y arrollar se dejaría. En esto pensaba cuando se le presentó una curiosa oportunidad, una idea loca y curiosa —era una camioneta—.
Una camioneta blindada, de esas que recogen bolsas de dinero en negocios. Se encontraba estacionada frente a una aseguradora y dos uniformados le hacían guardia armada. Y le vino la idea cuando vio salir a una masculina uniformada de faldas y mallas cafés, cargando un par de bolsas oscuras y en una explosión de adrenalina y sin sentido, actuó rápido. Dado que su aspecto era tan inofensivo, nadie le prestó atención hasta que tomó por el cuello a esa guardiana mujer, mientras con sus dedos presionaba por la espalda como si con un arma letal le apuntara. Los otros dos escoltas giraron tardíamente cuando atestiguaron al fin la escena.
La tonta idea de nuestro hombre era la de jugar un poco con su desvalorada vida y con el caprichoso destino. Estos tipos le harían el favor de perforarlo como colador, dejarlo tirado en la acera de manera rápida y sin dolor, bañado en charcos de sangre, en una muerte segura. Los medios se sorprenderían cuando notaran a este lunático desconocido caído, sin una pistola de verdad y haciéndola con sus propios dedos ya tiesos por el rigor mortis. O quizás los guardias y la policía le sembrarían algún revólver, alguna escuadra para justificar los tiros. Pero esos detalles eran lo de menos, que lo importante era morir al cabo y de manera pronta.
Como cuatrero del oeste, como gángster de Capone, ya gritaba ordenándoles tirar las armas a riesgo de agujerear a la rehén en cuestión (de quien ya esperaba recibir alguna espectacular llave de judo para salvarse), pero de la que sorprendentemente no obtenía respuesta. A cambio de eso, su rehén le susurraba que recién había sido madre y que respetara su vida por el amor de dios. Uno de los otros escoltas parecía distinguir esto, e intimidado bajaba su arma, pero el otro con más sangre fría, se mantenía apuntándole a la cabeza con su escopeta. —Tírame ya— pensaba el improvisado ladrón, quien convincentemente quería morir, pero que instintivamente al intuir el tiro en la cabeza, ya retrocedía lentamente dándole la vuelta al frente de la camioneta y escudándose con la misma. El guardia de la sangre fría lo seguía con lentitud paciente como un cazador en serio duelo de nervios. La tensión estaba al límite.
Y fue entonces que un nuevo escolta apareció decidido como un héroe, irrumpiendo por la puertita de la cortina de la aseguradora, con su pistola en mano determinado a pegarle un tiro. El aventurero secuestrador veía ahora si su fin. Pero con tan mala suerte (o tan buena, como gusten verla) que el idiota guardia al salir y disparar, tropezó con el filo de la puerta cayendo ruidosamente de bruces disparándole al suelo y abriéndose la cabeza. Esto hizo estallar los nervios del tipo de la escopeta, quien arriesgando, atrevióse a disparar —con tan mala espina—, que le destrozó la cara a su compañera, tumbando a rehén y captor, a modo que éste quedó cubierto con el cadáver. Asustado, el suicida supuso su fin, cuando en su manoteo desesperado sintió algo… una pistola tirada en el piso, que sin dudarlo, empuñó al momento. Era el arma del guardia que se había caído y se había deslizado debajo de la camioneta. El del rifle sintiéndose ganador del duelo y avergonzado por haber matado a su compañera, en su confusión, creyó ver morir a los dos y bajó la guardia un momento, que, aprovechado por el suicida, pareció revivir de entre los muertos y disparó una bala a la nariz del descuidado guardia. Sorprendido de su tino, el suicida se incorporó bañado en sangre y temblándole todo el cuerpo, cuando el segundo guardia ya levantaba su escopeta aún sorprendido de que aquel pistolero en apariencia abatido se incorporara de nuevo. Pero antes de disparar su cartucho, el guardia cayó con dos tiros, uno al brazo y otro al cuello, estrellándose contra el piso. Hasta el suicida se sorprendió de sus propios reflejos y proceder.
Y fue aquí, que se dió cuenta de lo que había sucedido. Había tres custodios muertos y uno con la cabeza abierta aturdido en el piso. Recordó que él no quería matar, él quería morir, él quería que lo mataran, pero su instinto de supervivencia se había activado automáticamente a defenderse. Él era un simple hombre deprimido resignado a la muerte, dispuesto a que le metieran un tiro para dejar de existir. El guardia del piso, más que desorientado intentaba ponerse en pie, cuando el supuesto agresor se le acercó para intentar explicarle la situación y poder ayudarle, para después entregarse mansamente a cualquier furia vengadora. Pero justo antes de hacerlo, escuchó una pesada bolsa caer al piso. Alguien más estaba dentro de la aseguradora, y así fue que una mano de mujer asomó hacia su cabeza tirándole una bala. Ocurrió tan rápido que él ni siquiera se movió. Esperaba ya caer en el acto, pero simplemente sintió un calor ardiente en la oreja que le hizo reaccionar hacia aquella que le atacaba soltándole un tiro y viéndola caer con las manos pegadas al vientre.
De pronto todo quedó en silencio, su oreja le sangraba, le quemaba. Su ropa estaba húmeda, mojada en sangre y un grupo de guardias agujereados a su alrededor. El custodio tropezado seguía en el piso, —al menos respiraba—, pero parecía resignado a la rendición, a que se tuviera compasión de él. Extrañado, el suicida tocaba su propio cuerpo esperando encontrarse algún agujero extra, pero sin descubrirse nada, sobresaltado y confundido, miró sus propias manos, olió la polvora en el ambiente y el sudor de su porpio cuerpo. Tiró avergonzado la pistola ahora sintiéndose criminal, y con remordimientos y mucha culpa en el alma se propuso subir al vehículo. Al descubrir las llaves, pensó en conducir a un lugar seguro y llevar al herido guardia a una clínica para luego tirarse desde el puente más próximo y morir al fin.
Encendió la máquina, dudó por un momento hacia dónde ir y echando reversa escuchó un ruido extraño, un grito sofocado y una sacudida funesta. Lo apagó y bajó rápidamente. Descubrió que un último escolta venía dentro de la camioneta. Oculto había aguardado con su pistola en mano, pero al percibir andar el motor, creyó sentirse secuestrado con todo y el vehículo, intentando salir para huir de improviso, pero resultó arrollado por lo que protegía. Ya era tarde, estaba muerto. La portezuelita trasera quedaba abierta, y el ahora criminal pidió que “si había alguien más ahí dentro, saliera sin nada que temer”. Pero sólo hubo silencio como respuesta. Se deslizó al interior y fue entonces que se sintió como un explorador descubriendo un tesoro. Encontró sendas bolsas de dinero que aún no habían sido resguardadas ni puestas a salvo. Y entonces, mirando esos paquetes y esos otros bloques —como tabiques de billetes—, un sudor frío le recorrió el espinazo, una tentación gigante y aunque sentíase sobresaltado, estaba arrepentido, avergonzado y asustado, ¿Que más podía ya perder? Tomó los paquetes y las bolsas que pudo y se largó de ahí. No era un tipo ambicioso.
Y el hombre que quería matarse esa noche, el que buscó sólo contrariar un poco, quizás llamar por última vez la atención; aquel hombre, el que se convirtió por unos momentos en un feroz cuatrero, en un furioso pistolero y en un criminal de sangre fría; volvía a sentirse humano y con cierto valor en el mercado. Y ese hombre vive ahora en el Caribe, con un bonito yate, con una linda esposa y pasa las tardes caminando por la playa disfrutando felizmente de su familia. A veces debajo de su colchón saca un viejo diario que aún guarda con recelo. En la portada se puede ver a un cuerpo de seguridad abatido y en grandes letras dice “Feroz comando armado asalta vehículo de valores“. Luego lo vuelve a guardar y corre a jugar con sus hijos a la playa.
Ilustrando visiones sobre el Londres clásico del siglo XIX. Mister Hyde el alter ego maligno del Dr. Jekyll.
Jamás había visto nada del director sueco Ingmar Bergman, pero dado que esta película se trata de éxito renombrado me animé a verla. La cinta está ambientada en la edad media, aquella época oscura en que la razón vivía a la sombra y reinaba la fantasía y las suposiciones como meras interpretaciones. Un caballero cruzado intenta volver a su devastado terruño invadido por la peste, esforzándose por entender los misterios de la vida y los conflictos personales con el siempre misterioso dios. Entre aquella curiosidad se encontrará cara a cara con la muerte retándose a una partida de ajedrez, que se desarrolla durante toda la película intercalándose con su propia interacción con muchos otros personajes, reconociendo, la mentira, la traición, la inocencia y la alegría.
¿La segunda venida del mesías? Ya ocurrió. Lo que pasó claro, es que nadie se enteró porque fue irrelevante. José y la jovensísima María llegaron a una miserable clínica a punto de dar a luz, la congruencia de la divinidad así lo dictaba. Pero sucedió que el único doctor de guardia no estaba de humor para atenderlos, el tipo estaba con las enfermeras del hospital brindando por la cercanísima navidad (era 24 de diciembre, por la noche, ¡imagínense!) y olvidó a María en una sucia sala de espera. El mesías nunca pudo salir, el producto murió y con él la joven madre. A José inconsolable lo llevaron a prisión acusado de descuido, ineptitud y hasta de supuesto maltrato familiar, vaya como siempre él tuvo que pagar todas. Murió meses después encerrado en la cárcel.
Después de pedir la posada, entraron los peregrinos; los acomodaron en el nacimiento y repartieron la colación. Convidaron ponche en vasitos de unisel y todos volvieron al patio para colgar y romper la piñata. Los niños encaprichados batallaron para quebrar su estrella, y cuando lo consiguieron, lucharon por la posesión de fruta, dulces y cucuruchos de cartón plateado. Después siguieron los adultos y para cuando Anselmo se dio cuenta, ya tenía la venda en los ojos y lo mareaban con vueltas poniéndole un palo entre las manos.
Papá salió de casa muy temprano echándose el abrigo y el hacha al hombro. Nos dijo a mi hermana y a mi que volvería por la tarde, que nos traería un gran pino; un frondoso y bello árbol para decorarlo y hacer notar que la navidad ya estaba en casa. Por la ventana, a través de la niebla, con escarcha en las ventanas y nieve en el horizonte, vi alejarse a papá y perderse hacia lo alto de la montaña internándose en el bosque. Fue la última vez que lo vimos.
Volvía
Algo me trajo de vuelta a la vida. Abro de golpe nuevamente mis desorbitados ojos, y me doy cuenta que la oscuridad me envuelve. Muevo la mandíbula y aún percibo el roce y rechinar de mis dientes, mi lengua está desecha y alcanzo a escupir un puñado de gusanos. Estaba muerto y me estoy pudriendo, pero algo me trajo a la vida nuevamente. No siento dolor y sin embargo puedo percibir con mis sentidos cualquier estímulo como si estuviera vivo. Sin inconveniente viene a mi olfato el hedor de la podredumbre, a mi gusto el de la pus mezclada con la tierra y siento mis pies enfundados en lo que han de ser unos bonitos mocasines.