handgunDespués de caminar por la noche, había tomado la desición y cobrado el valor determinante. Aquel hombre iba a quitarse la vida. Estaba cansado de existir, harto de la miseria, la frustración y la desesperanza. Que muchas tribulaciones había pasado, muchos dolores soportado, penas del alma, del corazón y del cuerpo que sería desgarrador enlistar. Así que se decidió matar. Caminaba por ahí con esta idea fija en la mente, con la convicción plenamente tomada, solamente faltaba el detalle del “como” y aunque realmente parezca ni relevancia tener, la tiene cuando se decide morir. Pero ya lo tenía, simplemente al circuito interior llegaría y arrollar se dejaría. En esto pensaba cuando se le presentó una curiosa oportunidad, una idea loca y curiosa —era una camioneta—.

Una camioneta blindada, de esas que recogen bolsas de dinero en negocios. Se encontraba estacionada frente a una aseguradora y dos uniformados le hacían guardia armada. Y le vino la idea cuando vio salir a una masculina uniformada de faldas y mallas cafés, cargando un par de bolsas oscuras y en una explosión de adrenalina y sin sentido, actuó rápido. Dado que su aspecto era tan inofensivo, nadie le prestó atención hasta que tomó por el cuello a esa guardiana mujer, mientras con sus dedos presionaba por la espalda como si con un arma letal le apuntara. Los otros dos escoltas giraron tardíamente cuando atestiguaron al fin la escena.

La tonta idea de nuestro hombre era la de jugar un poco con su desvalorada vida y con el caprichoso destino. Estos tipos le harían el favor de perforarlo como colador, dejarlo tirado en la acera de manera rápida y sin dolor, bañado en charcos de sangre, en una muerte segura. Los medios se sorprenderían cuando notaran a este lunático desconocido caído, sin una pistola de verdad y haciéndola con sus propios dedos ya tiesos por el rigor mortis. O quizás los guardias y la policía le sembrarían algún revólver, alguna escuadra para justificar los tiros. Pero esos detalles eran lo de menos, que lo importante era morir al cabo y de manera pronta.

Como cuatrero del oeste, como gángster de Capone, ya gritaba ordenándoles tirar las armas a riesgo de agujerear a la rehén en cuestión (de quien ya esperaba recibir alguna espectacular llave de judo para salvarse), pero de la que sorprendentemente no obtenía respuesta. A cambio de eso, su rehén le susurraba que recién había sido madre y que respetara su vida por el amor de dios. Uno de los otros escoltas parecía distinguir esto, e intimidado bajaba su arma, pero el otro con más sangre fría, se mantenía apuntándole a la cabeza con su escopeta. —Tírame ya— pensaba el improvisado ladrón, quien convincentemente quería morir, pero que instintivamente al intuir el tiro en la cabeza, ya retrocedía lentamente dándole la vuelta al frente de la camioneta y escudándose con la misma. El guardia de la sangre fría lo seguía con lentitud paciente como un cazador en serio duelo de nervios. La tensión estaba al límite.

Y fue entonces que un nuevo escolta apareció decidido como un héroe, irrumpiendo por la puertita de la cortina de la aseguradora, con su pistola en mano determinado a pegarle un tiro. El aventurero secuestrador veía ahora si su fin. Pero con tan mala suerte (o tan buena, como gusten verla) que el idiota guardia al salir y disparar, tropezó con el filo de la puerta cayendo ruidosamente de bruces disparándole al suelo y abriéndose la cabeza. Esto hizo estallar los nervios del tipo de la escopeta, quien arriesgando, atrevióse a disparar —con tan mala espina—, que le destrozó la cara a su compañera, tumbando a rehén y captor, a modo que éste quedó cubierto con el cadáver. Asustado, el suicida supuso su fin, cuando en su manoteo desesperado sintió algo… una pistola tirada en el piso, que sin dudarlo, empuñó al momento. Era el arma del guardia que se había caído y se había deslizado debajo de la camioneta. El del rifle sintiéndose ganador del duelo y avergonzado por haber  matado a su compañera, en su confusión, creyó ver morir a los dos y bajó la guardia un momento, que, aprovechado por el suicida, pareció revivir de entre los muertos y disparó una bala a la nariz del descuidado guardia. Sorprendido de su tino, el suicida se incorporó bañado en sangre y temblándole todo el cuerpo, cuando el segundo guardia ya levantaba su escopeta aún sorprendido de que aquel pistolero en apariencia abatido se incorporara de nuevo. Pero antes de disparar su cartucho, el guardia cayó con dos tiros, uno al brazo y otro al cuello, estrellándose contra el piso. Hasta el suicida se sorprendió de sus propios reflejos y proceder.

Y fue aquí, que se dió cuenta de lo que había sucedido. Había tres custodios muertos y uno con la cabeza abierta aturdido en el piso. Recordó que él no quería matar, él quería morir, él quería que lo mataran, pero su instinto de supervivencia se había activado automáticamente a defenderse. Él era un simple hombre deprimido resignado a la muerte, dispuesto a que le metieran un tiro para dejar de existir. El guardia del piso, más que desorientado intentaba ponerse en pie, cuando el supuesto agresor se le acercó para intentar explicarle la situación y poder ayudarle, para después entregarse mansamente a cualquier furia vengadora. Pero justo antes de hacerlo, escuchó una pesada bolsa caer al piso. Alguien más estaba dentro de la aseguradora, y así fue que una mano de mujer asomó hacia su cabeza tirándole una bala. Ocurrió tan rápido que él ni siquiera se movió. Esperaba ya caer en el acto, pero simplemente sintió un calor ardiente en la oreja que le hizo reaccionar hacia aquella que le atacaba soltándole un tiro y viéndola caer con las manos pegadas al vientre.

De pronto todo quedó en silencio, su oreja le sangraba, le quemaba. Su ropa estaba húmeda, mojada en sangre y un grupo de guardias agujereados a su alrededor. El custodio tropezado seguía en el piso, —al menos respiraba—, pero parecía resignado a la rendición, a que se tuviera compasión de él. Extrañado, el suicida tocaba su propio cuerpo esperando encontrarse algún agujero extra, pero sin descubrirse nada, sobresaltado y confundido, miró sus propias manos, olió la polvora en el ambiente y el sudor de su porpio cuerpo. Tiró avergonzado la pistola ahora sintiéndose criminal, y con remordimientos y mucha culpa en el alma se propuso subir al vehículo. Al descubrir las llaves, pensó en conducir a un lugar seguro y llevar al herido guardia a una clínica para luego tirarse desde el puente más próximo y morir al fin.

Encendió la máquina, dudó por un momento hacia dónde ir  y echando reversa escuchó un ruido extraño, un grito sofocado y una sacudida funesta. Lo apagó y bajó rápidamente. Descubrió que un último escolta venía dentro de la camioneta. Oculto había aguardado con su pistola en mano, pero al percibir andar el motor, creyó sentirse secuestrado con todo y el vehículo, intentando salir para huir de improviso, pero resultó arrollado por lo que protegía. Ya era tarde, estaba muerto. La portezuelita trasera quedaba abierta, y el ahora criminal pidió que “si había alguien más ahí dentro, saliera sin nada que temer”. Pero sólo hubo silencio como respuesta. Se deslizó al interior y fue entonces que se sintió como un explorador descubriendo un tesoro. Encontró sendas bolsas de dinero que aún no habían sido resguardadas ni puestas a salvo. Y entonces, mirando esos paquetes y esos otros bloques —como tabiques de billetes—, un sudor frío le recorrió el espinazo, una tentación gigante y aunque sentíase sobresaltado, estaba arrepentido, avergonzado y asustado, ¿Que más podía ya perder? Tomó los paquetes y las bolsas que pudo y se largó de ahí. No era un tipo ambicioso.

Y el hombre que quería matarse esa noche, el que buscó sólo contrariar un poco, quizás llamar por última vez la atención; aquel hombre, el que se convirtió por unos momentos en un feroz cuatrero, en un furioso pistolero y en un criminal de sangre fría; volvía a sentirse humano y con cierto valor en el mercado. Y ese hombre vive ahora en el Caribe, con un bonito yate, con una linda esposa y pasa las tardes caminando por la playa disfrutando felizmente de su familia. A veces debajo de su colchón saca un viejo diario que aún guarda con recelo. En la portada se puede ver a un cuerpo de seguridad abatido y en grandes letras dice “Feroz comando armado asalta vehículo de valores“. Luego lo vuelve a guardar y corre a jugar con sus hijos a la playa.

fotitoIlustrando visiones sobre el Londres clásico del siglo XIX. Mister Hyde el alter ego maligno del Dr. Jekyll.

¿Podían haberse conocido Mr. Hyde y Jack el destripador?

Jack the ripper, fue un asesino serial cuyos crímenes comenzaron en Londres por el año de 1888. Se le adjudican 5 asesinatos, y un descaro total hacia Scotland Yard (policía londinense) enviándoles misivas y partes de sus víctimas por correo. Su modus operandi era el de degollar a la persona, mutilar el sexo de sus víctimas (mujeres prostitutas) y regar los intestinos dibujando con ellos formas extrañas. Nunca se supo la identidad de Jack y jamás fue capturado.

Existe una gran lista de sospechosos que se dice eran Jack el destripador, en la que curiosamente encontramos a Lewis Carrol autor de Alicia en el país de las maravillas. Se dice que Carrol desparecía las noches en que los crímenes se ejecutaron, y que su poema Jabberwocky es una confesión en clave de sus crímenes.

Otro dato curioso que se cuenta, es el de Arthur Conan Doyle escritor y creador del célebre Sherlock Holmes. Se dice que Conan Doyle colaboró en las pesquisas y deducciones de la policía, y que hasta propuso una investigación dactilar la cual fue desechada (en aquel entonces no existía el análisis de huellas digitales). Lo más extravagante del asunto, es que el escritor argentino Juan Jacobo Bajarlía menciona en su libro Historia de monstruos que en un viaje a Londres encontró un libro apócrifo escrito por Robert Louis Stevenson (el autor de Dr. Jekyll y Mr. Hyde), en donde el escritor narraba con argumentos y lujo de detalles los crímenes del destripador, pero  llamándolo con el mote de “Jek the ripper”. El argentino deduce que Stevenson conoció al verdadero Jack en persona y que siempre supo su identidad y de quien se trataba en realidad. En aquel entonces, cuando Jack asesinaba prostitutas, las salas de Londres exhibían la puesta teatral de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

¿Qué tendrán estas criaturas ya sean ficticias o reales que siguen seduciendo con su maldad aún sobre el paso del tiempo? ¿Hasta dónde llegaba la ficción y comenzaba la verdad? Otra curiosidad. Habían pasado 8 años de que Stevenson había escrito Dr. Jekyll, cuando una tarde destapando una botella de vino, le atacó un derrame cerebral. En el momento, después de quebrarse la botella contra el piso, Stevenson como si de mera tranformación química se tratara, pedía ayuda diciendo que su rostro estaba cambiando. ¿Víctima de su propia imaginación? Poco después el escritor fallecería.

Cuando era chico una de mis series favoritas era la Dimensión Desconocida. Sólo que claro, me tocó crecer con la serie remake de la década de los 80, y si las historias sobrenaturales o fantásticas me agradan hoy en día, en mucho se lo debo a está misteriosa serie. ¿Quien no recuerda el intimidante intro con el que iniciaba el programa? Uno de los mejores, sin duda.

La Dimensión Desconocida en realidad inició en 1959 y se rodaron nada más y nada menos que 159 capítulos, todos filmados en modesto blanco y negro, con guiones ingenuos (el hombre ni a la luna llegaba) pero la mar de ingeniosos. Todas por supuesto son historias fantásticas, y las hay para todo gusto, viajes espaciales, robots futuristas, travesías en el tiempo, fenómenos paranormales, entidades diabólicas, mundos extraordinarios, criaturas mitológicas, dramas psicológicos, pesadillas, locura, imaginación, giros de tuerca sorprendentes, moralejas irónicas y siempre la duda sembrada al pecho. Soprendentemente su creador Rod Serling no sólo concibió la idea, sino que era el principal guionista de la serie, lo que lo consagra como uno de los máximos representantes de la ciencia ficción. Además curiosamente nos encontraemos capítulos con la mano de otros genios como Richard Matheson y Ray Bradbury.

Al introducirnos en la confusión de sus historias, notaremos que en sus cortos capítulos está contenida la semilla de muchas obras cinematográficas actuales como Langoliers, Juegos Diabólicos (Polstergeist), Ghost, Gremlins, Misión a Marte y encontraremos también que han aportado material para infinidad de parodias.

Además como regalo adicional la serie da cabida a muchas estrellas legendarias de Hollywood quienes aún en su juventud aparecían en esta serie antes de alcanzar la fama, como Charles Bronson, Lee Van Cleef, Robert Duvall, William Shatner, Robert Redford, Burt Reynolds, Barbara Heden, entre muchos otros.

Para los que busquen más, si no les fue suficiente una dosis de 159 capítulos en blanco y negro existen además de la serie remake de los 80, una película de 1983 producida y dirigida en parte por Steven Spielberg y una serie más o menos fresca de la CBS que pareció en el 2002 aunque con pobre impacto en relación a la original. Así que sumérganse en algún capítulo desconocido y verán que resulta difícil escapar de sus historia y se verán atraídos en el mismo momento de escuchar aquel enigmático timbrecito. ¿Que no es posible? Todo es posible en la dimensión desconocida.

fotoJamás había visto nada del director sueco Ingmar Bergman, pero dado que esta película se trata de éxito renombrado me animé a verla. La cinta está ambientada en la edad media, aquella época oscura en que la razón vivía a la sombra y reinaba la fantasía y las suposiciones como meras interpretaciones. Un caballero cruzado intenta volver a su devastado terruño invadido por la peste, esforzándose por entender los misterios de la vida y los conflictos personales con el siempre misterioso dios. Entre aquella curiosidad se encontrará cara a cara con la muerte retándose a una partida de ajedrez, que se desarrolla durante toda la película intercalándose con su propia interacción con muchos otros personajes, reconociendo, la mentira, la traición, la inocencia y la alegría.

La película se realizó en 1957 y es notable en ella el candor e inocencia del estilo cinematográfico de aquellos años (y por lo tanto también libre de vicios actuales), tiene un atractivo y misterioso toque surrealista, además de una encantadora fotografía y un planteamiento y desarrollo novedoso para su tiempo y por lo mismo, a veces parece sentirse un tanto vaga.

¿Podrá este hombre, nuestro campeador, encontrar sus respuestas y vencer a la muerte? Vean el séptimo sello.

black-christ¿La segunda venida del mesías? Ya ocurrió. Lo que pasó claro, es que nadie se enteró porque fue irrelevante. José y la jovensísima María llegaron a una miserable clínica a punto de dar a luz, la congruencia de la divinidad así lo dictaba. Pero sucedió que el único doctor de guardia no estaba de humor para atenderlos, el tipo estaba con las enfermeras del hospital brindando por la cercanísima navidad (era 24 de diciembre, por la noche, ¡imagínense!) y olvidó a María en una sucia sala de espera. El mesías nunca pudo salir, el producto murió y con él la joven madre. A José inconsolable lo llevaron a prisión acusado de descuido, ineptitud y hasta de supuesto maltrato familiar, vaya como siempre él tuvo que pagar todas. Murió meses después encerrado en la cárcel.

Así aconteció aquella navidad del año 2000. Quizás, si lo pensamos, todo sucedió de nuevo aunque con sutiles diferencias, como sea, el joven Jesús volvió a ser sacrificado, sólo que esta vez nos perdimos de su interesante mensaje, ustedes que opinan, ¿habría proclamado lo mismo? Ánimo, la tercera es la vencida.

campesino-samana

Jacinto se encontraba curtiendo pieles como lo había hecho durante toda su miserable vida. No pensaba en nada realmente, ni planeaba nada. No había añoranzas, ni sueños o deseos. Simplemente curtía, salaba pieles, las remojaba en cal, y las labraba despojándolas del pelo. Tal y como lo había hecho siempre y de la misma forma en que lo haría por el resto de sus días.

No aspiraba a nada, pues no podía hacerlo. Era imposible pensar en tierras, en pertenencias, en posesiones, en viajes, en vacaciones, en comodidades, vaya, que aquellos conceptos e ideas ni siquiera le eran concebibles o imaginables. De pronto pensó en algo al fin. En su mujer embarazada y en el hijo que en breve tendría. En el hijo que a temprana edad ya debía aprender las mismas tareas que él ya hacía, y le enseñaría también a no desear, a no pretender, a no añorar nada, a no extrañar ni conocer quizás, una vida mejor.

De igual manera que la anterior le surgió algo más, como una chispita, que iba creciendo, que se inflamaba hasta llegarle a las sienes y hacerlo sudar. El pecho por su parte parecía estallar de un momento a otro, y la barriga la sentía hecha nudo. Y es que era simplemente que se trataba de una angustia.

Era la angustia del círculo sin fin, de la repetición eterna más allá de la muerte heredada por su propio hijo y por el hijo de su hijo hasta el fin de los tiempos. Entonces sintió rabia hacia sus tiranos patrones y envidia de sus vidas, asco de sus modales y odio hacia sus maltratos y abusos. Ellos no hacían nada y lo tenían todo, ellos eran más altos, fuertes, listos y bellos. Él y su familia eran enfermizos, feos, débiles e ignorantes, jamás habían tenido oportunidad de aspirar a algo digno. Y su hijo pronto tendría que hacerse a la idea de olvidar cualquier aspiración de vivir mejor.

De pronto un ruido lo sacó de sus pensamientos, una vocecita inocente que altanera, le preguntaba lo que hacía. Era el rubio hijo del patrón, el primogénito, quien infantil curioseaba entre los negocios de su padre. Jacinto reconoció en aquel rostro el naciente relevo al mando, al heredero del negocio y al próximo patrón de todo lo que podía ver. Pero vio incluso más allá. En su visión aquel niño era un adulto que repetía los vicios de su padre; pero sobre todo, ejercía su dominio avasallador sobre el hijo que Jacinto ya tendría pronto y sintió que su hijo no le pertenecía siquiera, sino que era una posesión material o animal del rubio chiquillo aquel.

Después de embriagarse de estas ideas y nublar su mente con la angustia del futuro, del horrible y esclavizante porvenir que le deparaba a su hijo, algo explotó en su interior en confusas marejadas violentas y en atronadores espasmos físicos. Cuando el extraño ataque pareció disminuir tenía entre sus manos el cuerpo sin vida del hijo del patrón, lo había asfixiado, le había matado.

Sentado y confundido, simplemente esperó su suerte resignado cuando vio venir a lo lejos al capataz en compañía del patrón, quienes ajenos a todo esto parecían hacer los cálculos de siempre. Él ya se sabía muerto después de todo, pero sintió un extraño alivio cuando pensó en su propio hijo. Quizás lo que había hecho fuera atinado, quizás si a su padre se le hubiera ocurrido hacer lo mismo hace años, él no estaría ahí sentado. Se sintió entonces satisfecho de si, por ser un hombre al fin. Uno muy digno, un hombre muy previsor.

pinataDespués de pedir la posada, entraron los peregrinos; los acomodaron en el nacimiento y repartieron la colación. Convidaron ponche en vasitos de unisel y todos volvieron al patio para colgar y romper la piñata. Los niños encaprichados batallaron para quebrar su estrella, y cuando lo consiguieron, lucharon por la posesión de fruta, dulces y cucuruchos de cartón plateado. Después siguieron los adultos y para cuando Anselmo se dio cuenta, ya tenía la venda en los ojos y lo mareaban con vueltas poniéndole un palo entre las manos.

      Entre gritos de apoyo y confusión, aquel lanzaba palos ciegos rastreando la piñata y golpeó con todas sus fuerzas cuando por fin la sintió. Con rabia y esmero se concentró en reventarla y después de sonoros ecos y gritos de exaltación escuchó el desparramiento de aquel deseado relleno. Entonces se arrojó ansioso, pero entre aquella euforia sólo abrazó cabellos y narices batidos entre tibia sustancia.

     Cuando al fin se quitó la venda pudo ver que dos personas estaban a sus pies con las cabezas abiertas y los cráneos reventados, hundidas en charcos rojos entre trocitos de cerebelo. Todos inmóviles contemplaban mudos y estupefactos a Anselmo arrodillado. Él asustado, sólo vio entre lucecitas bamboleándose sobre su cabeza a la piñata intacta, que, con su forma de diablito le dedicaba una peculiar risita.

pinosPapá salió de casa muy temprano echándose el abrigo y el hacha al hombro. Nos dijo a mi hermana y a mi que volvería por la tarde, que nos traería un gran pino; un frondoso y bello árbol para decorarlo y hacer notar que la navidad ya estaba en casa. Por la ventana, a través de la niebla, con escarcha en las ventanas y nieve en el horizonte, vi alejarse a papá y perderse hacia lo alto de la montaña internándose en el bosque. Fue la última vez que lo vimos.

Durante los siguientes 3 días el sheriff y los vecinos formaron expediciones para buscarlo. Yo esperaba paciente que la noche de navidad regresara, pero nunca sucedió. Amanecí con un sabor amargo, y con la casa más fría en la peor de las navidades. Después de que cesó la nieve dos semanas después, un vecino nuestro encontró vestigios de lo que habían sido las intenciones de mi padre. Encontraron su hacha aún clavada en el tosco y grueso tronco de un gran pino. Sin duda mi padre, ambicioso, había escogido bien un hermoso y vigoroso árbol para despojarlo de su punta y adornar con ello nuestra miserable casa. Evidentemente nunca lo logró, lo único que se encontró fue el hacha enclavada en el tronco, olvidada, solitaria, sólo eso y nada más. Ningún rastros de su cuerpo, ni siquiera huellas de sus pies, nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra o se hubiera desvanecido al viento.

Todos en el pueblo al menos supimos en que árbol fue y desde entonces se creó la leyenda de que el pino era una entidad milenaria, y que por ello, guardaba extraños secretos para evitar ser derribado. Algunos otros menos aventurados comentaban que papá sencillamente nos abandonó en claro pretexto… Yo aún tengo muchas dudas, pero sé que mi padre nunca nos hubiera dejado simplemente así.

Ahora, dentro de tres días es navidad. Ya han pasado 25 años desde que papá despareció. Hoy por la mañana prometí a mis hijos traerles un bonito pino navideño. Se exactamente de cual árbol se trata. Subiré a la montaña entre la niebla y la nieve y me enfrentaré con mi hacha a aquel pino que papá intentó derribar. Tal vez con cada golpe pueda abrirle un poco la memoria a ese pino para saber la verdad de lo que realmente pasó, o al menos, tal vez comparta el mismo destino de mi padre y sepa entonces de una vez por todas cual es el terrible secreto de ese pino navideño.


signosVolvía  a casa en autobús. Afuera anochecía con frío y comenzaba a llover. El pasillo se iluminaba débilmente por una luz junto a la entrada y en el ambiente había  silencio y un sopor embriagante.

     Me quedé dormida.

     Cuando desperté, el camión estaba totalmente oscuro, somnolienta percibía una cálida quietud  y una reposada oscuridad que me invitaban a seguir durmiendo. Bostezando exploré mi entorno y noté que todos los pasajeros dormían en el máximo de los silencios. Mi compañero de viaje en perdido sueño, bamboleaba su cabeza con la barbilla pegada al pecho y en el salto de un ligero y suave bache salpicó mi mano con un líquido que brotaba de su cara.

     Bajo un débil resplandor lunar, identifiqué aquella mancha en mi mano como la de su propia sangre.

     Asustada tomé mi bolso huyendo hacia la puerta trasera. Bocas abiertas, manos crispadas, ojos semiabiertos y caras sangrantes en fugaz vistazo alcancé a ver. Anuncié mi bajada tanto como pude en un pitido escandaloso con mi pulgar pegado al timbre y con un intenso y constante chillido que tarde me di cuenta, no anunciaba mi descenso, sino mi deceso. Era el paro de mis funciones vitales.

      La muerte que de chofer llevaba, solamente pisó el acelerador a fondo.

yo-calaco-copiaAlgo me trajo de vuelta a la vida. Abro de golpe nuevamente mis desorbitados ojos, y me doy cuenta que la oscuridad me envuelve. Muevo la mandíbula y aún percibo el roce y rechinar de mis dientes, mi lengua está desecha y alcanzo a escupir un puñado de gusanos. Estaba muerto y me estoy pudriendo, pero algo me trajo a la vida nuevamente. No siento dolor y sin embargo puedo percibir con mis sentidos cualquier estímulo como si estuviera vivo. Sin inconveniente viene a mi olfato el hedor de la podredumbre, a mi gusto el de la pus mezclada con la tierra y siento mis pies enfundados en lo que han de ser unos bonitos mocasines.

      Hasta mi aguzado oído llegan rechinidos, lamentos, arañazos y caigo en la cuenta de que no soy el único que volvió a la vida. El panteón entero se está levantando, otros sujetos como yo están saliendo de sus tumbas a la superficie y por los gritos de mujeres y hombres de allá arriba, ya muchos ciudadanos huyen despavoridos y otros tantos perecen entre brazos descarnados de muertos vivientes a causa de mordiscos en el cuello, en la nuca y en la cara. Y es que… no se porque pero yo siento un vivo deseo de hacerles lo mismo.

     De todas mis sensaciones reactivadas la más viva es esa, la de un hambre voraz, un hambre infinita de morder piel, comer carne, nervios, beber sangre y sobre todo la de engullir aceitosamente los espesos sesos de aquellos seres vivos, no se porque pero placenteramente anhelo tragar la viscosidad de sus cabezas, mientras me baño batiéndome en sus vísceras. ¡Quiero cerebros! ¡Estoy hambriento!

     Una mueca intenta formarse en mi carcomida y desecha cara, una mueca de ansiedad y gozo, un gesto maldito de risa diabólica que me estremece nada más de imaginarlo y me llena de placer… así que intento erguirme para seguir a los demás, a los míos y ¡juntos devorar al mundo en está noche de muertos mal vivientes!

     Pero entonces me doy cuenta de que me cuesta trabajo incorporarme, trato de arañar mi féretro y escarbar la tierra… pero noto algo…  ¡¡no tengo brazos!! ¡Mis brazos! ¡No están! Desfalleciente vienen a mi los últimos momentos de mi vida fisiológica y recuerdo entonces que perdí ambos brazos en el accidente laboral al estallar las calderas que ocasionaron mi muerte. ¡Con mil demonios! Me retuerzo en mi ataúd inútilmente como un gran gusano destinado a permanecer en mi lugar mientras el resto de cadáveres sale a las calles a divertirse devorando niños inocentes y bellas señoritas, ¡me lleva la chingada!

     Pero no me sorprende mi vida siempre me mantuvo al margen de cualquier regocijo y ahora veo que en la muerte no podía ser diferente.

     Así que resignado, dejo de luchar, me acomodo de ladito con dificultad y cierro los ojos nuevamente mientras vuelvo a morir, después de todo me ahorro la vergüenza de que mi familia me vea por ahí tan sucio y desaliñado comiendo sesos ajenos.