normal_sapoLa princesa miró a aquel sapo a los ojos, quitole de un soplido lodito de las ancas y con cierta repugnancia le dio un besito. Aquel, pobre e ilusionado aun no abría los ojos encantado por el beso, cuando la princesa ya se alejaba corriendo arrepentida. Así pasaron muchos años en los que la orgullosa princesa se dignaba sólo de vez en cuando a soltar un beso a algún sapo o rana de la región y veía desilusionada como aquellos anfibios sólo de color cambiaban en el mejor de los casos. Ninguno cobraba forma de galante y añorado príncipe.

Un día aburrida, miró su propio reflejo en el sucio estanque en que acostumbraba pasear, y en aquel espejo fangoso vio sus ojos saltones, su gorda y palpitante papada, sus manchas verdes y su gran boca sin dientes. Entonces cayó en la cuenta de que ella también era un sapo y que lo había sido toda la vida. También notó otra cosa: ella era la última de su especie en aquel mugroso estanque.