090204_supermarket_savingsTuve un sueño muy extraño. En él me veía de pronto dentro de un gran supermercado. Me encontraba en medio de un pasillo desconcertado y con las manos bien puestas sobre un carrito de compras vacío. En mi sueño no recordaba como había llegado ahí, ni por cual camino, ni con que fin. Simplemente me encontraba en medio del gran supermercado.

El lugar estaba atestado, la gente iba y venía en todas direcciones, se tropezaban o se encontraban, se empujaban o hablaban, recogían o sopesaban , había actividad, ruido y ajetreo. Esa gente tomaba productos, los evaluaba, los comparaba o simplemente los arrojaban a sus carritos, algunos atiborrados otros semivacíos. Había consumidores voraces, dudosos, pacientes o muy directos. Había ancianitas, madres, familias, niños o jóvenes parejas, era en si un hervidero impresionante. A la vez y en mi torpe caminar, alguien me sonreía, si no es que me agredía y en la mayoría de las veces simplemente me ignoraban como un producto más. De pronto un empleado me tomaba del brazo y me guiaba a un estante convenciéndome de cierta necesidad, de repente otro me convencía de lo opuesto cambiando el producto que tenía en las manos. Cuando lo notaba, una checadora reacomodaba lo que llevaba en mi carrito que volvía a lucir vacío y rato después, dos demostradoras bellísimas lo rellenaban de nuevo.

A veces me encontraba haciendo fila para algo, de pronto ahogado en un pasillo invadido por mil gentes, por mil voces de micrófono; un segundo después estaba en un pasillo de aterciopelados cojines en completa soledad o en manos de agradable y dulce compañía. Al instante me sentía curioso, dispuesto a probar todo; al siguiente, huraño y amargado, descalificando, huyendo o aislándome voluntariamente.

El caso es que como fuera, algo crecía dentro de mi, y ese algo era una angustia.

Ir de un pasillo a otro era desesperante, pero sobre todo era, que me abrumaba mi propia confusión personal, el ver todo y no ver nada, tener todo y querer nada, desear todo y poseer nada. Era esa amnesia, la de no saber nada, ni de manera cercana, el porque yo estaba ahí; en realidad no sabía lo que buscaba, si una prenda, un disco, una película, un videojuego, un juguete, alimentos, embutidos, panes, cereales, lácteos, herramientas, frutas, bebidas, licores, verduras, carnes, dulces, abarrotes, jarciería, calzado, perfumes o infinitas cremas, faciales, antiarrugas, de afeitar, de vaca o para los zapatos.

Temblaba, me mortificaba y sudaba copiosamente, me angustiaba el tiempo, la hora, mi situación, las filas y la incertidumbre. No sabía a que había ido, ni que necesitaba, no sabía como pagaría ni cuanto debería. Ya corría y las piernas se me quebraban, mi garganta se atragantaba, mi vista ya se nublaba, y el miedo en abrumadoras oleadas atravesaba mi corazón. Que el horror era, que ni siquiera sabía si quería estar ahí, si debía estar ahí, o se trataba de un mero accidente al fin. Cuando el fragor, la muchedumbre, los metales, las luces, los colores, el barullo, alcanzaron su punto más álgido y vertiginoso, desperté a punto del colapso.

Entre escalofríos y con el corazón aliviado afortunado suspiré. Era una bendición mirarme despierto, saberme en mi cama, entre sábanas tibias a salvo de aquel enjambre de sensaciones. Pero aquella paz duró poco, miserables segundos apenas, pues al notar el sol por mis ventanas, el comienzo del día naciente, las manecillas en punto, el tic tac apremiante y mi lista de objetivos, vino a mi la repetición infinita de mi rutina agobiante, el amanecer de la obligación continua, y con ello la conciencia completa del deber impuesto por mi cotidiana vida, con las dudas eternas y mi destino incierto, me di cuenta que la ansiedad del supermercado apenas a comenzar volvía.