CUENTO: YO ZOMBIE / POR LEAR
23 Nov 2009
Algo me trajo de vuelta a la vida. Abro de golpe nuevamente mis desorbitados ojos, y me doy cuenta que la oscuridad me envuelve. Muevo la mandíbula y aún percibo el roce y rechinar de mis dientes, mi lengua está desecha y alcanzo a escupir un puñado de gusanos. Estaba muerto y me estoy pudriendo, pero algo me trajo a la vida nuevamente. No siento dolor y sin embargo puedo percibir con mis sentidos cualquier estímulo como si estuviera vivo. Sin inconveniente viene a mi olfato el hedor de la podredumbre, a mi gusto el de la pus mezclada con la tierra y siento mis pies enfundados en lo que han de ser unos bonitos mocasines.
Hasta mi aguzado oído llegan rechinidos, lamentos, arañazos y caigo en la cuenta de que no soy el único que volvió a la vida. El panteón entero se está levantando, otros sujetos como yo están saliendo de sus tumbas a la superficie y por los gritos de mujeres y hombres de allá arriba, ya muchos ciudadanos huyen despavoridos y otros tantos perecen entre brazos descarnados de muertos vivientes a causa de mordiscos en el cuello, en la nuca y en la cara. Y es que… no se porque pero yo siento un vivo deseo de hacerles lo mismo.
De todas mis sensaciones reactivadas la más viva es esa, la de un hambre voraz, un hambre infinita de morder piel, comer carne, nervios, beber sangre y sobre todo la de engullir aceitosamente los espesos sesos de aquellos seres vivos, no se porque pero placenteramente anhelo tragar la viscosidad de sus cabezas, mientras me baño batiéndome en sus vísceras. ¡Quiero cerebros! ¡Estoy hambriento!
Una mueca intenta formarse en mi carcomida y desecha cara, una mueca de ansiedad y gozo, un gesto maldito de risa diabólica que me estremece nada más de imaginarlo y me llena de placer… así que intento erguirme para seguir a los demás, a los míos y ¡juntos devorar al mundo en está noche de muertos mal vivientes!
Pero entonces me doy cuenta de que me cuesta trabajo incorporarme, trato de arañar mi féretro y escarbar la tierra… pero noto algo… ¡¡no tengo brazos!! ¡Mis brazos! ¡No están! Desfalleciente vienen a mi los últimos momentos de mi vida fisiológica y recuerdo entonces que perdí ambos brazos en el accidente laboral al estallar las calderas que ocasionaron mi muerte. ¡Con mil demonios! Me retuerzo en mi ataúd inútilmente como un gran gusano destinado a permanecer en mi lugar mientras el resto de cadáveres sale a las calles a divertirse devorando niños inocentes y bellas señoritas, ¡me lleva la chingada!
Pero no me sorprende mi vida siempre me mantuvo al margen de cualquier regocijo y ahora veo que en la muerte no podía ser diferente.
Así que resignado, dejo de luchar, me acomodo de ladito con dificultad y cierro los ojos nuevamente mientras vuelvo a morir, después de todo me ahorro la vergüenza de que mi familia me vea por ahí tan sucio y desaliñado comiendo sesos ajenos.